Aceptando que a veces no acepto

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Deja que te cuente un momento de resignación que viví hace unos meses mientras paseaba montado en mi bicicleta por la playa de Santa Mónica.

Era el típico día soleado e idílico que a los Beach Boys nos gusta. A pesar de ser febrero la temperatura era excelente con sus, seguramente, 27 graditos acompañados de una brisa suave. Muchos turistas paseando, más gente con sus bicis y monopatines, deportistas que corren y se ejercitan… ya sabes, el paseo de la playa de Santa Mónica que si no lo has visto nunca o visitado te recomiendo que lo hagas.

Y allí estaba yo, el españolito de turno, feliz en su burbuja pedaleando a paso de dominguero disfrutando de una buena lista de canciones que escuchaba por los auriculares y, posiblemente, pensando en las musarañas.

Momento de relajación y placer que esperas que se prolongue lo máximo posible hasta que, claro, llega un imbécil que se encarga de que este amor platónico por los días con Sol se rompa. Porque imbéciles hay en todas partes y aparecen cuando menos lo esperas y nadie está exento de ellos, incluso si tú eres el imbécil.

Parto de la base que la raza humana como grupo es una especie degenerativa y destructora para todo lo demás de la cual cada día podemos esperar menos. Por suerte hay seres maravillosos que luchan para conseguir preservar un equilibrio que a día de hoy no existe aunque podría existir con el Universo y la naturaleza. Este tipo de personas son las que me hacen tener fe en los humanoides y no desear el tan ansiado apocalipsis zombie que tantos otros esperan y desean (la televisión hace mucho daño).

Pero… ¡voilà! Imbécil sacado de la chistera por arte de magia para intentar arruinar tu día.

Aunque ya lo comenté en su día en mi Facebook la situación fue la siguiente.

Iba tranquilamente por la parte del carril bici que me correspondía cuando un individuo con su monopatín que venía de frente decidió que era el momento de invadir mi carril, venir directamente hacia mí y, cuando estaba a mi altura, soltarme un codazo en la cara a la altura del mi ojo izquierdo impactando su cochambroso codo en mi sien, ya que me dio tiempo a esquivarlo un poco.

Y aquí es donde voy a hablar de la aceptación y la frustración personal.

En una situación como esta te das cuenta que cuesta controlarse. Te das cuenta que dentro de ti puede haber mucha ira y rabia contenida. Te entran ganas de reaccionar con violencia. No quiere decir que lo vayas a hacer pero puede que lo pienses. Y eso que estamos hablando de un tipo que te ha dado un codazo. ¿te imaginas si asesinaran o violaran a uno de tus seres queridos?

No me gusta pensar cuando veo a una persona (ya sea por su actitud, por su constitución física, apariencia, etc.) que pueda ser peligrosa, que pueda ser un imbécil como este tipo del monopatín y cosas así por el estilo. Pero claro, cuando ves que alguien hace algo así no te queda hacer otra cosa que resignarte. Lo ves venir que se posiciona delante de ti como diciendo:

—Soy el macho alfa de la playa y estás en mi territorio. Te apartas o te aparto.

En frío y relajado puedes pensar que a lo mejor ha tenido una infancia difícil, que a lo mejor no ha tenido los medios para tener una educación decente, etc, etc. Hay que aceptar que eso pueda ser así. Pero ¿Eso justifica el poder pegarle un codazo a otra persona por puro placer?

Cada uno es como es y cada uno tiene una perspectiva o visión de la vida, una opinión de lo que está bien y lo que no. Tratamos con el resto de personas y nos enriquecemos o empobrecemos con ello. Sin ninguna duda, la frecuencia que recibí de esa persona me puso en una muy mala frecuencia a mí a un nivel muy bajo en el que no me gusta estar.

Cuando me golpeó, me giré y le insulté en un perfecto español. Me alegré que se cayera del monopatín cuando me soltó el codazo pero, también me di cuenta que era el típico malote musculoso y tatuado con el que mejor no mediar palabra. Sí, prejuzgando de nuevo y generalizando lo sé, esto no es bueno. No me gusta juzgar a la gente pero, visto lo visto y después de lo ocurrido está claro que un santo no era y que mi reacción fue la típica de acción/reacción. Entonces, a pesar de que sentí que me gustaría haberle pegado una paliza, tuve que agachar las orejas porque, posiblemente en uno contra uno tenga las de perder con un tío que pesa casi el doble que yo. Ahí es donde el ego (y añado) varonil se puede venir abajo porque no olvides que hemos sido criados con una educación y en una sociedad muy machista. ¿Pensabas que el machismo sólo está en contra de las mujeres? Te equivocas y por eso tendrías que ser más respetuoso y amable con las mujeres, dejar de ser un cobarde y dejar de comer las migas de pan que te deja el sistema patriarcal por el camino para pensar que tus músculos son más importantes que los cerebros de los demás. Parece que el hombre tiene que ser cada vez algo más. Más fuerte, más protector, más mierdas. Sociedad ridícula, sociedad de mierda.

Mi parte de machito hizo quedarme dolorido físicamente pero, también herido emocionalmente. Por suerte, lo segundo me duró sólo un momento al recapacitar y pensar que no se es más hombre por gritar más o por ser más fuerte que otro.

Es fácil decir que tenemos que aceptar cómo es cada individuo pero es muy difícil realmente hacerlo. Esa sensación de ver a una persona y pensar que te da mala espina y no quieres que sea así. Porque al final, a lo largo de tu vida vas teniendo experiencias que te alertan de los peligros y aunque es mucho más bonito vivir en el amor también lo hacemos en el miedo. La lucha constante. Nuestro ADN (y el de todas las especies) ha ido memorizando a lo largo de la historia todas estas señales que nos ponen en alerta ante situaciones desagradables. Es por eso que las experiencias negativas suelen tener más impacto en nosotros para peor que las experiencias positivas para mejor. Porque los organismos memorizan para evitar que sucedan desastres mayores. Así es como funciona la naturaleza y lo puedes ver en todas las especies que tienen una lucha diaria para subsistir aunque nosotros ya sabes que vivimos acomodados en la cima del mundo donde desde arriba jugamos a ser dioses con el resto de especies.

No espero que la conducta de los demás sea perfecta puesto que tampoco lo es la mía. No espero que todos piensen como yo o se comporten como lo hago. Acepto Intento aceptar todas esas diferencias lo mejor que puedo y en el día a día me funciona. Pero, entonces, cuando alguien desequilibra tus emociones tu teoría se viene un poco abajo. Supongo que la idea es que te levantes lo más rápido que puedas y volver a tu estado natural.

Aunque duela, hay que aceptar que hay personas racistas, homófobas, machistas e imbéciles en general. Hay que aceptar que a veces el imbécil eres tú. Hay que educar a las nuevas generaciones para que estos grupos sean lo más reducidos posibles.

Ese día me tocó aceptar que me enfadan estas cosas pero también que me alegra no ser ese tipo de imbécil. Tocó aceptar que no soy ese hombre vigoroso que la sociedad se empeña en diseñar y que le intento dar importancia a otros muchos valores. Tocó aceptar que mi ego está vivito y coleando para sacarme de quicio y que, a veces, hay una parte dentro de mí que es sensata y vive en lucha continua con mi ira acumulada.

Tocó aceptar que a veces no acepto.

¿Cómo reaccionas tú ante experiencias así? Recuerda que puedes compartir muy fácilmente este post por tus redes sociales y que eso me ayudará a saber que quieres que siga escribiendo cosillas.

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