El chico y la montaña

in Cuentos por

Había sido un verano caluroso, lleno de emociones, Sol y playa.

Desde la costa, el chico divisaba, al fondo, una montaña en el horizonte, a espaldas de la ciudad. La montaña y la ciudad competían por ganarse las miradas del joven, quien reconocía su amor por la urbe y, también, el poder de atracción que generaba en él dicho macizo.

Esa atracción despertó la curiosidad del muchacho para saber más sobre la cordillera. No era suficiente el observarla desde la distancia. A pesar de su miedo a las alturas, a lo desconocido o a investigar en un lugar donde no sabía si quería llegar, tenía la necesidad imperiosa de adentrarse en ella.

Decidió, aún con todas esas dudas, realizar una excursión a sus valles.

No le fue nada fácil el primer día, puesto que el aventurero primero debía cruzar toda la ciudad. Aunque se sentía desorientado dejó atrás todas esas calles, los ruidos, la multitud y la contaminación, todas esas cosas que le alteraban desde meses atrás, quizás, años.

Superados esos obstáculos, llegó a su destino. Allí, en frente de él, la montaña, con majestuosa belleza natural, dejó de piedra a quien la observaba.

El chico, incluso algo aturdido por esas primeras sensaciones, se dio media vuelta, contento y feliz, por haber contemplado semejante espectáculo desde tan cerca. Sin embargo, continuaba su inseguridad por saber que no era el momento de ir más allá ni, mucho menos, escalarla.

A su vuelta a casa atravesó de nuevo la ciudad. Recordó de nuevo todos esos ruidos, esa multitud, esas calles en las que a veces se perdía, en definitiva, sus temores.

Pero, a medida que pasaban los días, las ganas por regresar a la montaña aumentaban. Casi hipnotizado y sin darse cuenta, el chico realizaba la misma travesía con cierta periodicidad.

Poco a poco, iba conociendo más cosas sobre ella.

Al principio, las cosas más llamativas. Llenas de encanto. Sus árboles, su tierra, sus rocas… todo le parecía de lo más natural.

Seguidamente, todas esas cosas pequeñas, todos esos detalles sencillos, las flores exóticas que allí se veían, el canto de los pájaros que amenizaban las visitas o el aroma a vida y energía que allí se respiraba.

Por desgracia, el chico presenció algo bastante desagradable. Sabía de sobra que en los alrededores se encontraban cazadores furtivos dispuestos a aniquilar cualquier cosa que se moviera pero, hasta la fecha, nunca los había visto. Era de noche. Se oyeron disparos. Y todo ese mal presagio se hizo realidad. El cazador furtivo descendía por la colina. Contento. Con las manos llenas de sangre sujetando unas cuantas liebres a las que había disparado. El chico, lleno de tristeza y dolor, regresó a casa pero, esta vez, sin la sonrisa contagiosa y tonta que le propiciaban sus andaduras a la montaña.

Al día siguiente el Sol posaba en lo más alto, con fuerza. Afortunadamente, esto dio muchos ánimos a nuestro amigo quien dejó de lado su tristeza. Entendía que la culpa no podía ser de la montaña y, a pesar de su frustración, le era inevitable pensar en ella, en todas sus cosas buenas, y, de nuevo, tenía ganas de ir hasta allí.

Ese mismo día observó más que nunca su cima. Estaba algo nevada. El Sol, con su presencia, derretía la nieve que caía en forma de lágrimas por una ladera. La montaña se sentía extraña y, quizás, algo contrariada. Con su llanto limpió esos charcos de sangre que el cazador había dejado a su paso. Al presenciar este momento, el joven se sintió muy agradecido por lo que la montaña le había mostrado y fue así como su sonrisa se reflejó de nuevo en su cara.

Quizás era el momento de dejar de lado el miedo a las alturas o a lo desconocido.

La cumbre, tupida de blanco, era demasiado bonita como para renunciar a ella y no conquistarla.

Los meses iban pasando y la amistad entre la montaña y el chico aumentaba al igual que sus sentimientos. Ambos se encontraban muy a gusto por compartir tan bonita relación. El manto, que cubría de nieve a la montaña, era cada vez mayor. Cuanta más confianza se tenían el uno con el otro, más clara, bonita y accesible se mostraba la montaña.

A ella no le importaba que el chico le robara cada día unos pedacitos de nieve. Él, se los quería llevar a casa. Pero los cogía con tanto énfasis que se desvanecían en sus manos y, sutilmente, se derretían en confianza y sinceridad.

Él entendió que jamás podría llevársela consigo pero eso no hizo más que abrirle los ojos y darse cuenta de lo mucho que ella le estaba aportando, de lo grata que era su compañía, de lo bien que se sentía junto a ella y de lo fácil que había olvidado tantos temores y miedos.

Deja un comentario

Último de Cuentos

El puente

Y allí, al fondo, se iban acumulando todas las almas en forma

Si supieras…

Si supieras lo que te echo de menos cada vez que te

Breve carta de amor

Me gustaría que pudieras leer esta carta y sonrieras… Decirte en persona
Go to Top
A %d blogueros les gusta esto: