El creador de caminos

in Cuentos por

Era la tercera noche seguida en la que había llegado a ese camino misterioso. Aceitunita, así es como le llamaban de forma cariñosa, no sabía muy bien cómo había llegado hasta allí pero esta vez estaba convencida que podría avanzar por ese camino, ya que en las dos noches anteriores no lo había conseguido y apenas recordaba como había salido de allí.

Lo que verdaderamente le sorprendía de estas tres noches es que eran diurnas. El Sol iluminaba el momento con su luz y su energía.

—¿Dónde me encuentro? ¿Por qué sigo aquí y por qué hay tanta luz? —murmuró con ciertas dudas.

¿Acaso existían las noches de día? Debería de estar todo oscuro pero no había ni rastro de la Luna o del manto de estrellas que tanto le gustaba contemplar, en sus momentos de soledad, justo después de cada atardecer para fusionar su mirada con el firmamento.

La luz intensa no le impedía disfrutar de los rayos del Sol que brotaban del cielo penetrando en sus ojos, atónitos, que miraban, por tercera vez, el camino en el que se encontraba.

Un día más… o… mejor dicho, una noche diurna más, se repetía la historia aunque, ésta, no parecía terminarse súbitamente como las anteriores.

Sola en un camino, que parecía sacado de un cuento de hadas, con barandillas hechas de plantas y flores de colores vivos. Nada alrededor, solamente el Sol dibujado en el horizonte. Sentía una calma y bienestar inusual.

Caminaba hacia delante con esa alegría que le caracterizaba, con esos ojos llenos de vida y con las dudas por descubrir algo que no sabía muy bien qué era.

Entonces, miró al suelo dándose cuenta que, éste, estaba formado por piezas de puzle de colores, no demasiado grandes, y perfectamente encajadas las unas con las otras. Al observarlas con detenimiento se dio cuenta que cada una de estas piezas tenían una especie de imagen. En ellas encontró infinitos recuerdos de su infancia, de su adolescencia, de su familia a la que, de repente, tenía ganas de ver. Imágenes de toda su vida.

Agachada y atraída por lo que allí veía intentó coger una de esas piezas pero le resultó imposible. Estaban selladas de una manera sencillamente perfecta. Su deseo por saber dónde se encontraba y por saber a dónde llegaría hizo que levantara su mirada e intentara divisar el final de ese camino tan peculiar. No parecía encontrarlo, sólo veía piezas de puzle que se entrelazaban una y otra vez alargando ese suelo lleno de recuerdos y momentos. Aún así, comenzó a caminar.

Su ritmo era lento. De vez en cuando se detenía porque le resultaba inevitable ojear lo que las piezas le enseñaban. Algunas imágenes le hacían sonreír, otras le recordaban
malas experiencias y otras parecían sacar su lado más íntimo y personal donde pocas otras personas habían conseguido entrar.

Demasiadas emociones juntas para cada paso que daba. Entendió que su vida estaba compuesta por infinidad de sentimientos y momentos. Se sintió especial por ello, llena de vida y amor.

La alegría se apoderó de Aceitunita y siguió caminando pero esta vez sintiéndose poderosa, coqueta y femenina. Por un momento el camino misterioso se había convertido en una pasarela donde ella desfilaba con orgullo por encima de todas esas experiencias que le había llevada hasta donde se encontraba.

—¡Pareces muy contenta! —dijo una voz salida de la nada.

Aceitunita se detuvo y encontró, salido de la nada y justo delante de ella, a un niño sentado en el suelo con las piernas estiradas y ligeramente cruzadas. Tenía el pelo algo rizado
y rubio. Su cara era totalmente enternecedora con los ojos grandes y muy brillantes de color azul. Vestía con una túnica blanca y en su espalda parecía llevar una mochila blanca hecha de plumas. Justo a su lado, en el suelo, había papeles que parecían ser planos y unas herramientas.

—¿Eres un ingeniero? —dijo Aceitunita.

—No, soy un cuidador de caminos. —respondió el niño con mucha suavidad.

—¿Caminos? ¿Quieres decir que hay más caminos como éste?

—En realidad, no. Siempre es el mismo camino pero cambia dependiendo cómo lo mires. Ahora, por ejemplo, es el camino de los recuerdos. Pero si aprendes a mirarlo de otra manera será el camino de los sueños, el de los miedos, el de la familia…

Después de un pequeño parón el niño continuó.

—Todo camino va siempre en la misma dirección y al mismo lugar. —dijo el niño sin aclarar realmente hacia dónde se dirigían las piezas de puzle y siguió— no te has fijado, pero en el suelo, además de tus recuerdos, hay muchas otras cosas.

Aceitunita miró hacia el suelo y encontró una pepita de oro.

—¡Soy rica! —exclamó.

—Las pepitas de oro simbolizan a las personas especiales que te encuentras de repente por el camino. No quiere decir que no tengas ya gente especial a tu lado, sólo hace falta mirar tus recuerdos para darse cuenta de lo afortunada que eres.

—Pero… no había encontrado ninguna pepita hasta ahora que me lo has dicho tú.

—Eso es porque no mirabas con atención o porque mirabas hacia el lado equivocado.

—Debe de ser por eso por loque siempre doy con la gente más rara.

—Si te fijas bien por donde andas, verás que esas personas a las que llamas raras también están representadas con forma de otro mineral.

Acto seguido, el niño miró hacia el suelo y señaló con su dedo índice un trozo de lo que parecía ser una piedrecita negra. Se agachó y la recogió sin decir nada y se la enseñó a su nueva amiga.

—¿Lo ves? es un trozo de imán. —dijo de nuevo el niño, sonriendo.

—¿Un imán?

—Sí. Los trocitos de imanes simbolizan a las personas que no son beneficiosas para nosotros. Por algo son imanes. Dependiendo de la frecuencia en la que te encuentres se adhieren a ti con tal fuerza que casi no te los puedes despegar o, con suerte, se repelen sin ningún problema.

Seguidamente, el niño, que cada vez era más misterioso, le lanzó el trocito de mineral a Aceitunita sin previo aviso.

Ella, que no se lo esperaba, no pudo evitar que la piedrecita le diera en el pecho justo a la altura del corazón. La piedra salió despedida con fuerza por encima de una de las barandillas de flores y plantas que protegían el camino.

—¿Lo ves? Ahora estás en una frecuencia buena con esa persona. Por eso no se ha podido adherir a ti y no te va influir en lo más mínimo.

Aceituinita estaba confundida y sorprendida por partes iguales

—A todos nos gusta el cariño y la amistad. Igual no es buena idea el haber repelido a esa persona. —le dijo al niño.

—Es verdad, a todos nos gusta el cariño. Pero el amor hacia los demás es algo que hay que procurar disfrutarlo de manera real y genuina ¿No crees?

—¡Me encanta el amor! Estoy enamorada del amor! Ojalá te escuchara quien te tiene que escuchar.

—¿Y quién te dice que eso no ocurre?

El silencio se apoderó del momento.

—Creo que nadie me escucha. Estoy un poco desilusionada, debe de ser eso.

—Entonces aún no crees en el amor de forma plena aunque eso tiene solución.

—¿Quién eres? Dijo Aceitunita casi entrecortando al niño.

—¿No sabes quién soy? —sonrió de nuevo el niño.

—Es verdad, ya me lo has dicho. Eres el niño que cuida del camino.

—Supongo. —dijo él.

Aceitunita observó al niño con detenimiento. Se dio cuenta que transmitía una paz infinita. Estaban los dos separados entre sí por poco más de un metro de distancia. Se estaban mirando fijamente a los ojos. Aceitunita no podía apartar su mirada y parecía estar hipnotizada por la belleza suprema que el niño le transmitía. Éste, sin previo aviso, levantó su brazo derecho hacia arriba por encima de su hombro como intentando coger algo de su mochila. En ese justo momento, la mochila de plumas cobró vida transformándose en unas alas inmaculadas, pequeñas y angelicales de donde surgió mágicamente lo que parecía una flecha con una punta con forma de corazón. Los papales y herramientas que estaban en el suelo levitaron también de forma mágica hacia la otra mano del niño y se convirtieron en un pequeño arco hermoso. Aceitunita, que estaba petrificada por lo que le estaba ocurriendo, sólo pudo que ver a aquel niño de aspecto angelical cargando su flecha en su arco y apuntándole directamente al corazón donde impacto sin hacerle ningún daño produciéndole una sensación de bienestar y amor como nunca antes había sentido.

—No te había respondido, mi nombre es Cupido. —dijo el niño mientras batía sus alas y emprendía el vuelo para desaparecer en el aire.

Los párpados de Aceitunita eran ahora pesados como el plomo. Se cerraron al instante. La noche diurna desapareció.

Ahora, sólo le quedaba despertar de su sueño y seguir un nuevo camino que se dirigía directamente hacia el amor.

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