El día y la noche

in Cuentos por

Todos los amaneceres parecían ser importantes. Cada uno de ellos era el comienzo de un nuevo día.

El Día, madrugador como siempre, se levantaba cada mañana con alegría y optimismo para dar lo mejor de sí mismo. Hacía de ello su manera de vivir y, con su energía matutina, buscaba disfrutar cada momento que sucedía a su despertar.

Los días podían ser mejores o peores pero él siempre respondía a todo con su sonrisa. De esta manera, siempre recibía algo positivo y, por pequeñito que fuera, se sentía recompensado y agradecido.

La Noche, en cambio, se sentía tranquila justo cuando terminaban los atardeceres. Encontraba ahí su momento, su tranquilidad y su calma. Pensaba en esa manera de ser que tenía El Día y en esa forma de tomarse la vida que, en el fondo, era muy parecida a como se lo tomaba ella y, aunque no podían coincidir, sus vidas estaban llenas de similitudes.

En uno de esos atardeceres La Noche decidió escribirle a El Día. Tenía curiosidad por saber de él y aguardó a su despertar con la esperanza de tener una respuesta que leería en el siguiente anochecer.

Esa mañana El Día abrió sus ojos, tan alegre como siempre, con la sorpresa de tener un mensaje inesperado. Respondió, como no podía ser de otra manera, con la ilusión que le caracterizaba.

Pasaron las horas y, justo cuando el Sol se escondía, La Noche pudo leer esa respuesta que había esperado sintiéndose encantada por las buenas noticias que recibía.
Los mensajes se sucedieron y, poco a poco, El Día y La Noche sabían más el uno del otro forjando una bonita amistad.

El día sonreía al despertar y la Noche lo hacía al acostarse. Ambas sonrisas eran igual de valiosas y se contagiaban la una de la otra. Cuando las cosas no iban bien, el tenerse presente de esa manera les ayudaba a sentirse mejor sin importar si en un tiempo no se habían escrito porque, El Día y La Noche, en la distancia, tenían una extraña conexión.

Los mensajes matutinos de El Día y los mensajes nocturnos de La Noche parecían encontrarse en el tiempo y esa era la forma en la que ambos se abrazaban para mostrarse su cariño.

La Noche reconoció entonces que El Día era especial y no pudo hacer otra cosa más que escribirle de nuevo para decírselo.

Esta vez, en su amanecer, El Día no respondió. Sorprendentemente, prefirió esperar a la tranquilidad que sólo La Noche le podía dar para escribirle unas líneas de forma agradable, como siempre, pensando que, a esas horas, siempre era a él a quien respondían.

Ahora era El Día quien escribía de noche deseando a su amiga felices sueños.

La Noche, sintiéndose feliz por tal detalle, se mantuvo despierta hasta el alba porque quería sentirse cerca de El Día para, sólo entonces, escribirle unas bonitas palabras.

Y así fue como el día se convirtió en noche y la noche en día.

 

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