El puente

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Y allí, al fondo, se iban acumulando todas las almas en forma de luz blanca amarillenta.

Todas tenían que hacer la misma cola para pasar por aquel puente. Ninguna conocía la existencia de esta plataforma porque, desde muy pequeñas, a cada una de esas almas les había contado un cuento diferente sobre lo que pasaría cuando llegara este momento. Unas creían en la idea de subir al cielo, otras en la idea de caer al infierno, muchas no creían en nada.

La realidad era otra.

De forma instintiva hacían la cola de manera sepulcral y siempre en la misma dirección. Nadie les decía por dónde tenían que ir y, sin embargo, todas obedecían al mismo patrón de seguir unas a las otras.

Entonces, se paraban en seco cuando llegaban al puente. Se paraban porque no sabían qué les esperaba y ese puente, de aspecto mitológico, infundía respeto. Delante de ellas se asomaban los primeros peldaños. A unos metros de distancia el puente desaparecía y se perdía en el infinito.

El puente tenía un aspecto muy antiguo. Estaba hecho de madera que parecía carcomida y las barandillas eran unas cuerdas enredadas a modo de trenzas con su única finalidad de evitar que las almas se salieran por los costados. Muchos de los peldaños estaban rotos y otros ni tan solo parecían haber existido.

Las almas se sentían aliviadas por no haber llegado allí en forma humana y evitar el tener que caminar sobre esa pasarela enclenque hambrienta de accidentes.

Una a una, cada alma, tenía que penetrar en esa especie de camino flotante y esperar su turno. Cuando les llegaba el momento, veían como el alma que les precedía comenzaba a adentrarse levitando por encima de los peldaños hasta que desaparecía segundos después sin saber ni el cómo ni el porqué.

La escena era algo extraña porque en ese paisaje no existía nada a parte de ese puente. No había horizonte, no se oía nada, no existía el olor, no había nada diferente al color blanco de fondo, a la luz blanca amarillenta de las almas y al color crema de la madera de ese puente que, de forma inexplicable, flotaba sobre lo que parecía ser un vacío hacia el olvido.

Y entonces llegó mi momento.

—¿Qué está pasando? ¿Qué hago aquí?— Me pregunté de forma muy alterada.

 Allí me encontraba. El primero de la fila sin tiempo de reacción para asimilar nada. Justo en ese momento veía a el alma delante de mí esfumarse mientras seguía su rumbo.

En ningún momento había pensado que yo formaba parte de ese camino de luces. Todo había pasado muy rápido. No sabía cómo había llegado a esa situación. No recordaba nada de mi pasado y no tenía la sensación de ser una de esas almas. Sin más pude observarme a mí mismo. Pude ver que conservaba mis aspecto humano. Pude agachar la mirada mientras levantaba los brazos dirigiendo las palmas de mis manos hacía mi cara. Me toqué la cabeza pensando y sintiendo que seguía vivo y miré el resto de mi cuerpo desnudo mientras lo analizaba desde el pecho a los pies. Alcé la mirada y comencé a andar.

—¡Esto se va a caer!— Exclamé aterrorizado.

El resto de almas que me seguían contemplaban la escena.

Nunca había tenido una sensación de tanta eternidad. Eternidad para dar el primer paso, eternidad por sentir tantas dudas, eternidad por no saber qué me esperaba en el otro extremo. La noción del tiempo como tal no existía porque sólo existía la eternidad. Eternidad, eternidad y más eternidad.

Sólo pude dar unos pocos pasos pero noté cómo la madera crujía con cada uno de ellos. Las barandillas hechas con cuerdas ahora parecían trenzas de hilos de seda dispuestos a romperse con apenas rozarlos.

—No mires abajo… No mires abajo…— Me decía una y otra vez mientras intentaba dar el siguiente paso sin apenas poder conseguirlo dominado por el miedo.

Entonces, hice lo que tanto repetía en mi cabeza que no hiciera y miré hacia abajo.

Observé que cada uno de los peldaños que seguían hacia delante de ese puente contenía una palabra.

Pavor, atrocidad, horror, cobardía, intranquilidad, recelo

Ninguna de esas palabras me inspiraba seguridad y sólo pude quedarme petrificado y sin moverme en el peldaño en el que me encontraba.

—¿En qué palabra me encuentro?— Me pregunté.

Tenía la vista algo nublada y me encontraba mareado. No podía ver la palabra completamente porque la pisaba con mis pies . Con un poco de esfuerzo pude ver que por debajo de mi pie izquierdo se asomaba un letra. Era la letra C.

—¡C!— Exclamé sin soltar la barandilla que impedía que de alguna manera me desplomara.

Dentro de la eternidad del momento conseguí levantar el pie izquierdo y moverlo un poco mientras podía leer las siguientes letras.

—Cal…—

Con un poco más de esfuerzo hice lo mismo con mi pie derecho para poder visualizar toda la palabra.

—…ma. ¡Calma!— Grité esta vez aún más alto.

De forma súbita sentí mucha tranquilidad y alivio. Calma era justo lo que necesitaba. Y justo ahí es donde me había detenido. La inseguridad se había apoderado de mí hasta ese momento. Con la vista nublada y mareado era incapaz de controlar la situación.

Fue entonces cuando miré el resto de peldaños que ya había superado sin haberme dado cuenta que también contenían palabras. Sólo había superado 4 peldaños en los que se leían las palabras vacío, olvido, dudas y miedo.

Me di cuenta que eso era justo lo que había sentido en todo este momento. Había llegado a este lugar tan extraño rodeado de almas sin nombre. Parecía que me encontraba en un lugar vacío de vida. Había olvidado todo sobre mí y cuando finalmente recobré mi apariencia humana sólo tenía dudas e inseguridades para cruzar por ese puente que me hacía sentir un terror sin límites.

CalmaCalma… —Susurré.

Ahora por fin respiraba. Respiraba profunda y lentamente. Cerré los ojos mientras respiraba de esa manera. Mis pies comenzaron a sentir un cosquilleo y desde la base de la baldosa de madera comenzó a brotar un sentimiento de tranquilidad que subía por dentro de mi cuerpo hasta llegar a mi pecho. De nuevo eternidad.

Abrí los ojos y volví a mirar a todas esos peldaños por los que tenía que seguir avanzando.

Esos trozos de madera en las que antes se le leía pavor, atrocidad, horror, cobardía, intranquilidad, recelo… ahora se podía leer afecto, ternura, pasión, cariño, generosidad, amor

El resto de almas que esperaban su turno contemplaban la escena pero esta vez veían como una luz blanca amarillenta se adentraba en el abismo y desaparecía ante ellas.

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¿Y a ti qué te parece esto de vivir con o sin miedos? No esperes hasta tan tarde para elegir cómo vivir. Recuerda que puedes compartir mis cuentos por tus redes sociales con tus amigos. Si te ha gustado, ya sabes 😉 

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