El rencor, el odio y Peter Pan

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Hoy me gustaría contar una historia. Una historia en la que uno experimenta cómo se canalizan ciertas emociones. Al fin y al cabo, el tener una vida repleta de felicidad o de tristeza depende más de uno mismo de lo que nos pensamos. Soy un fan de “recogemos lo que cosechamos” y no es casualidad que, en tu vida, estés rodeado de amor o de rabia, de celos o sinceridad, del cariño o la soledad… y, así, innumerables comparaciones y situaciones.

Pasa el tiempo y pasa la vida. En ella entran y salen muchas personas. A veces te comportas de forma correcta y otras no. A veces te hacen daño y otras lo haces tú. Quieres evolucionar y aprender, porque no eres perfecto y poco a poco intentas hacer las cosas mejor. No para alcanzar la perfección, que es imposible, más bien porque te das cuenta que cuanto mejor actúes con los demás mejor van a ser los frutos que recojas y más saludable va a ser tu vida. Hay un sentimiento interior de bienestar y una satisfacción enorme por pensar y saber que estás haciendo las cosas bien. Si en tu forma de vida predomina la sinceridad, el cariño o el amor hacia los otros la vida es mucho más sencilla y plena y lo que te espera son más momentos de felicidad.

Hablaba del tiempo, de la vida y de las personas. Como sabéis, el tiempo vuela, la vida es maravillosa y las personas vienen y van. Tengo una memoria bastante mala o, buena, según se mire, y me cuesta mucho recordar muchas cosas. Olvido bastante rápido y elimino de mis recuerdos gran cantidad de información. Supongo que conmigo se pueden aplicar los tópicos de “tienes memoria de pez” o “sólo te acuerdas de lo que quieres”.

A veces, pienso que en mi cabeza tengo un disco duro, de los de antaño, que se va formateando y renovando progresivamente mandando a la papelera toda esa información que no es necesaria y que ralentiza el resto del sistema. Como sabéis, esto tiene sus cosas buenas y malas. No es ni mejor ni peor, es, tan sólo, una forma de funcionar a la que uno se acostumbra y se adapta.

Y, en esas, recientemente, uno recibe un email de una de esas personas con las que se compartió tiempo aunque, en su momento, salió de mi vida, ya hace unos cuantos años.
(Por respeto he borrado la información personal y corregido los errores ortográficos propios de cuando escribimos por email o móvil).

“Hola, Te quería comentar una cosa hace tiempo. Te digo, tu tenías unas fotos mías que yo creo que ya no te interesará tenerlas, por ejemplo, una foto que voy con un suéter beige con un colgante en marrón. Bueno y más fotos que tengas mías.. Es que me hace ilusión que mis hijos las tengan cuando sean mayores, y también a ellos, les hará ilusión. Por eso, si me las puedes hacer llegar, please. si quieres me las puedes enviar a mi casa por correo, te doy la dirección, o si un día vas por donde trabajo puedes acercarte y dejarlo en un sobre a mi atención a seguridad o a información. Y si te viene mal, pues puedes decirme algún sitio donde puedo recogerlas. bueno ya me dices” (Acaba firmando y con su nombre).

Ya habían pasado unos cuantos años sin tener noticias de esta persona. Un email educado eso sí. Y, a pesar de las diferencias que uno pueda (en su momento) tener con alguien es bueno hacer balance y reflexionar.

“Me sabe mal por tus nenes pero no conservo nada de lo que me dices así que no les puedo ayudar.
Saludos, Pablo”

Supongo que a veces uno intenta ser escueto, conciso y claro. Evadirse de la polémica, de un posible malentendido (más cuando se “habla” por escrito). Limitarse a responder “sí” o “no” y no dar lugar a un enfrentamiento absurdo y sin sentido. En estos casos (muchas veces) no existe la respuesta perfecta. De hecho, nunca se sabe si es mejor responder o no hacerlo y tampoco somos quién para controlar las respuestas y reacciones de los demás. Aquí la respuesta.

“Si, vamos te sabe súper mal.. En fin, ya sabía yo q no me podía esperar otra cosa de ti… Las personas no cambian…bueno, ya les explico a ellos (sus hijos) lo q hiciste. Saludos,”

El ser humano no deja de sorprenderme. Supongo que cada persona puede reaccionar de una manera ante este tipo de comentarios (ahora os contaré que respondí yo.) Habrá quien reaccione a gritos, con rabia o con ira. Habrá quien reaccione con indiferencia. Habrá quien se ría, quien entre al trapo, quien no haga caso ni responda al mensaje… Somos tan diferentes y tan parecidos al mismo tiempo… Supongo que esta es la típica situación en la que hagas lo que hagas, digas lo que digas (o aunque no hagas nada) la otra persona va a mostrar su malestar hacia ti. Es un poco sorprendente que, después de tantos años, esa persona, de la que no sabes nada ni has tenido interés por saber, a la que nunca has llamado, escrito o de la que nunca has hablado mal… vuelva a “llamar al timbre de tu casa”, le abras la puerta con respeto y le respondas como buenamente puedas, dejando de lado cualquier tipo de rencor, resentimiento u odio, todos inexistentes en mi interior, con la mayor de las indiferencias (ya zanjé el tema en su día) para, sin embargo, recibir una respuesta tan inverosímil e incluso, por momentos, divertida. Mi respuesta, lógicamente, mostraba la carcajada inicial.

“jajajaja no voy a entrar en tu juego, pero sí, tienes razón en lo que dices en este último mensaje tan desafortunado que espero que sea el último”

Desde el punto de vista de algunas personas, supongo que el no conservar fotos, recuerdos o cartas (lo que sea) me convierte en un ser despreciable y abominable. Es bonito que cada uno tenga una forma de ver la vida y que priorice sobre cómo quiere vivir. Yo decido cómo vivir mi vida y tengo claras mis prioridades. Por supuesto que sí que conservo muchas otras cosas de otras personas. Pero las cosas verdaderas son las intangibles, las que quedan en el corazón dentro del pecho. Y si no se conserva nada verdadero ahí, porque eso es un sentimiento que se tiene o no se tiene, no tiene mucho sentido aferrarse a un trozo de papel.

No soy perfecto, ni pretendo serlo. Generalmente, me tomo la vida con muy buen sentido del humor y esta vez no podía ser menos. Sinceramente, me hizo gracia la respuesta y me entró la risa. Ratifico lo que en ella se dice. Es aburrido tener que justificarse de ser como soy. Nunca pretendo que la gente espere algo de mí ni tampoco cambiar en el sentido en el que se me nombra con ese mensaje tan desafortunado. No le puedo caer bien a todo el mundo, esa es la verdad. Sería raro si fuera así.

Era de esperar que llamaran al timbre de nuevo.

“Hombreeee, es que yo no estoy jugando a ningún juego, ¿pero tú que te piensas?? jajaja.. que yo soy mayorcita, no como tú que veo que sigues sin crecer.. que egocentriquillo y creído que eres,.. como veo no has cambiado nada… y como te aburres… jajaja… yo tengo cosas más importantes e interesantes que hacer que andar de jueguecitos contigo… anda chato, crece un poquito, Peter Pan… jajaja… aunque tranquilo, estoy acostumbrado a mis niños que tienen 4 y 7 años… y de desafortunado nada, es la verdad… si sólo hay que verte. y oírte… por supuesto que será el último, yo que creía que te habrías convertido en una persona normal, pero aquí no hay dónde sacar, el que es así sigue siendo así…no cambia!! jajajaja… de todas maneras me he reído un rato, de vez en cuando es divertido encontrarse con gente como túuu ….Voy a contárselo a * (nombra a su marido) y así nos reímos un rato cenando…muaaaaaaaaaaaaaaa guapetónnnnnnnn”

Como decía antes. Cada persona puede reaccionar de la manera que quiera. Tenemos la libertad para opinar y decir lo que queramos. Para invadir el espacio de otras personas y decirles lo que nos plazca, malo, muy malo o incluso peor. Podemos dejar de respetarlos con el sonido de un click, con un mensaje de texto, con un sencillo comentario… hay mil maneras de llamar a los timbres. Aunque yo no soy el que está aporreando la puerta de nadie. Pero, hay otro camino. También existen las formas pacíficas, las formas en las que no insultas a nadie y las formas en las que no te afectan estos comentarios. No importa que te descalifiquen si tú te sientes bien y feliz. Todas las experiencias en la vida suman y te hacen afrontar las futuras con mayor naturalidad.

Y vosotros os preguntaréis ¿Y por qué os cuento esta historia?

Hubo un tiempo en el que hubiera reaccionado de otra manera, de hecho lo hice. No suele ser de buen gusto que te dediquen frases o comentarios que no quieres oír. Entonces, reaccionas con ira, con dolor y rabia. Respondes de la peor manera posible. Puedes llegar a perder los papeles. Puedes querer hacer daño a otras personas, fastidiarlas y entrar en este juego tan peligroso. Decir auténticas barbaridades y ponerte en un nivel de inconsciencia al que nunca hay que llegar.

Querer hacer daño a otra persona no es bueno. Y, además, ese daño realmente te lo estás haciendo a ti mismo. Sacar lo peor de uno mismo es demasiado malo para la salud. Si me dan a elegir entre cabrearme, enfadarme con una persona, sentir odio o irritarme por lo que me dice o, por otra parte, sentir bienestar, amor, sonreír por lo bonito que es todo, desear compartir grandes momentos con los demás… lógicamente elegiré lo segundo.

Tú eres libre de elegir. Las cosas te podrán ir mejor o peor, pero tú eliges.

En este momento lo que verdaderamente siento son ganas de perdonar a esta persona. SÍ, TE PERDONO. Te perdono por “llamar a mi puerta” y dedicarme estas palabras. Te perdono por insinuar y decirme que soy una mala persona o que no soy normal. Te perdono por decirme que crezca o que soy un inmaduro. Pero me gusta que me llames Peter Pan ¿cómo se puede utilizar la figura de Peter Pan para descalificar a alguien? Se me está escapando una sonrisa.

Independientemente de lo que me dicen en estos mensajes, lo último que necesita una persona que está totalmente absorbida por el rencor, la ira, el odio, el dolor, ese resentimiento arraigado y tenaz, esas ganas de desahogarse… es que alguien le pueda responder con la misma moneda. Por eso te perdono. Porque un ser con la consciencia suficiente no haría eso. El odio se combate con amor, con paciencia, con sosiego y con calma. Y, yo, quiero ofrecer todo mi amor a esas personas que vivís así. Tiene que ser tal el sufrimiento de vivir con todos esos sentimientos tan negativos, basados en los miedos y en las inseguridades, sin olvidar, sin depurarse, sin pasar página… Debe de ser tan cancerígeno…. Debe deteriorar tanto por dentro… que asusta la idea de infligir más dolor a ese tipo de personas. No quiero formar parte de ello. Es un plan maquiavélico y cruel si el destino te lleva a vivir así.

Las personas somos especiales. Cada uno de nosotros somos únicos y poderosos y eso es un hecho que me resulta grandioso.

Peter Pan es un niño que puede volar y que nunca crece. Vive innumerables aventuras con sus amigos. Puede llegar a ser un poco cabezota y terco pero tiene un buen corazón lleno de amor y valores. Prefiero ser Peter Pan a una persona “madura y normal” como se me tilda.

Me alegra mucho sentir que no tengo rencor ni odio. No haberme enfadado ni molestado lo más mínimo. El rencor consume poco a poco la mente. Hay que saber perdonar y perdonarse a uno mismo. Ese es un buen paso. Pensar en que no pasa nada si has hecho algo malo. Ser consecuente de esos actos y perdonarte. Darte otra oportunidad a ti mismo. ¿cómo vas a perdonar a alguien si no lo has hecho contigo mismo antes? Pero tienes que hacerlo de corazón. Tienes que perdonarte de la forma más profunda que existe, que no es otra manera que esa. No te puedes mentir a ti mismo. Por mucho que digas una cosa, si de verdad no la sientes no funciona. Y, con el perdón, sucede lo mismo. Porque al final salen los reproches, las indirectas, el rencor, la ira y el odio.

Por eso, esta vez no me puedo tomar nada a título personal. No es una cuestión mía. Ya lo he dicho, no puedo controlar como reacciona otra persona. No puedo enfadarme y no puedo reprochar nada. Prefiero relajarme y ser más comprensivo. Como os digo, no me gustaría estar en la piel de ese tipo de personas porque no es agradable sentirse así e invertir el tiempo en mostrarlo de esa manera hacia mí o hacia nadie.

Con las cosas tan maravillosas que se pueden hacer… ¿invertir el tiempo en eso? ¡NO!

El otro día fui a tomarme un zumo de naranja con una amiga por la playa. Vino con su hija de año y medio. Una auténtica preciosidad de niña. Estuvimos jugando con el monopatín en el paseo entre la arena y la cera. Era muy gracioso sentarla y disfrutar con ella jugando como críos. La empujaba por la espalda mientras se aferraba al monopatín para no caerse y atravesaba un charco que había en el suelo, puesto que el día de antes había llovido. Para ella sería como estar subida en un barco y atravesar el mar. No paraba de decir “¡otra vez, otra vez!”. Estuvimos haciendo un castillo en la arena, jugando a pillar, haciendo agujeros para buscar agua y un montón de cosas. Nos reímos sin parar. En ese momento, sólo puedo deciros que el mundo estaba parado. No había ningún problema, no existía el mal, ni el dolor, ni la crisis, ni las guerras, ni el hambre… ¡Nada! Sólo la risa de una niña. La alegría de una pequeña que quiere ser feliz.

Con estos regalos que te ofrece la vida, ¿cómo voy a enfadarme ahora con nadie? ¿cómo voy a responder con la típica frase de “tú de qué vas”? Eso ya es historia. Tomemos ejemplo de esa niña de año y medio. Queramos ser felices. No nos entrometamos en la vida de los demás. Si tienes hijos tienes un tesoro. Disfrútalos porque no hay nada más bonito que eso y no pierdas el tiempo en contarles tonterías. No hay que contagiar a las personas puras y sanas de nuestro malestar. Regala una sonrisa y te sonreirán. Reparte abrazos y te abrazarán. Da amor y recibirás amor. Perdona a todos aquellos que sufren en su piel esos sentimientos. Deja que se consuelen como puedan, que critiquen, que odien y, si algún día son capaces, invertirán esa situación.

Ser feliz es posible.

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