Ella, el hada madrina

in Cuentos por

—Mami, voy afuera al porche a jugar con Chicho. —dijo Anisa mientras acariciaba a su perrito que sostenía en brazos.

—Está bien cielo, pero no tardes mucho, dentro de poco anochecerá y la cena estará lista pronto. Cuando papá termine de ducharse cenaremos. —contestó su madre mientras caminaba hacia la cocina.

Anisa era una niña de 6 años risueña y feliz. Sus ojos eran grandes y brillantes, de color miel. Le gustaba mucho jugar con su perro Chicho, un perro salchicha de color marrón que apareció un día misteriosamente en la casita del lago donde veraneaba. Desde el primer día Anisa y Chicho conectaron. Iban juntos a todas partes. Jugaban, corrían y cazaban insectos. Chicho era toda un experto encontrando lombrices, grillos y saltamontes que Anisa recogía, con un cazamariposas o con las manos, para luego guardarlos en una cabaña donde los cuidaban y les daban de comer hasta que, felizmente, les dejaban marchar.

Desde la ventana de la cocina Salma, la madre de Anisa, podía ver jugar a su hija y a su perro salchicha.

Allí estaban los dos amigos inseparables corriendo por el porche. No muy lejos de ahí estaba la cabaña que el padre de Anisa había construido unos años atrás.

El sol parecía decir adiós y la luna, que ese día brillaba con una luz especial, se asomaban en el cielo llamando la atención y la mirada de Anisa. Fue entonces cuando una luz, del tamaño de un garbanzo, descendió de la nada para colarse lentamente en la cabaña.

—¿Has visto eso Chicho? Vamos a ver qué es. ¡Creo que es una luciérnaga! —gritó Anisa, emocionada, mientras corría hacia la cabaña.

Los dos amigos corrieron a gran velocidad, como nunca lo habían hecho antes, y se detuvieron justo antes de entrar en la cabaña.

—Shhhhhh… que no nos oiga, no nos tiene que descubrir. —susurró Anisa a su perrito mientras ambos gateaban entrando sigilosamente por la entrada de la cabaña.

Para sorpresa de ambos la luz había desaparecido. Se miraron mutuamente sin entender qué había pasado. Ambos sabían que la luz había entrado dentro de la cabaña y no entendían que ahora no estuviera allí.

De repente, una vocecilla asomó de la nada.

—¡Hola!

Anisa y Chicho recularon un poco y, acto y seguido, se quedaron petrificados sin mover un dedo.

—Ho… hola… ¿Quién eres? —respondió Anisa con voz temblorosa, muy sorprendida y cogiendo a Chico con sus brazos quien, de forma desesperada, intentaba soltarse mientras olfateaba con su hocico para rastrear la voz misteriosa.

—Mi nombre es Ella, soy un hada madrina. —respondió una voz desde el fondo de la cabaña mientras se iluminaba su pequeño cuerpo al aletear sus alas diminutas al alzar el vuelo.

Ella posiblemente no mediría más de 4 centímetros. Su cuerpo era diminuto pero brillaba e irradiaba mucha energía. La luz que emitía era pura, transmitía ternura y tranquilidad por lo que Anisa y Chicho no sintieron ningún miedo. Tenía el pelo recogido y a ambos lados de su cabeza nacían, de forma mágica, unas flores que congeniaban a la perfección con el color rosado e intenso de sus labios carnosos. En cada lado de sus mejillas tenía dos líneas pintadas, también de color rosa, que adornaban su cara. Su vestido estaba hecho de hojas diminutas de color verde y sus muñecas estrechas estaban decoradas con ramas que se sujetaban gracias a la seda que las unían.

—¿Has venido para jugar con nosotros? —Preguntó Anisa recordando todos los cuentos de hadas que su madre le contaba antes de ir a dormir.

—No. En realidad estoy huyendo. —respondió Ella.

Anisa, quien todavía sujetaba a Chicho en sus brazos se acercó a Ella y se sentó justo en frente dejando a su perro también en el suelo.

—¿De quién estás huyendo?

—No huyo de nadie. Huyo de mis miedos y de mi pasado.

—¿Por qué tienes miedo? Eres un hada. Las hadas de los cuentos vuelan y hacen magia. Mi mamá dice que siempre estáis ayudando a los niños y que nos protegéis. Siempre me dice que yo tengo un hada que nos cuida a mí y a Chicho. ¿Eres tú nuestra hada?

—Las hadas podemos volar y hacer magia, eso es verdad. Podemos ser cualquier cosa que nos propongamos. Podemos hacer felices a los niños. Pero no, no soy vuestra hada.

Anisa parecía estar un poco decepcionada y no acababa de entender por qué Ella se refugiaba en su cabaña.

—¿Por qué huyes de tu pasado? —preguntó Anisa con mucha curiosidad.

—La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debemos olvidar y para mí ha llegado el momento de olvidar mi pasado.

—Yo no quiero olvidarme de mi mamá ni de mi papá. Yo no quiero olvidarme de Chicho.

—¡Claro que no tienes que hacerlo! El amor de los niños es de verdad. Los mayores muchas veces son fríos y desconfían haciéndose daño los unos a los otros. Yo sólo quiero olvidarme del daño que me han hecho y del sufrimiento que me persigue porque me he vuelto fría. Y un hada no puede ser fría. Pero destruyeron mis sentimientos por confiar demasiado y me fallaron. Las hadas sólo podemos crear magia si lo hacemos de corazón y si nuestros sentimientos son de verdad. Es por eso que he venido a esta cabaña porque sólo un niño con sentimientos de verdad puede ayudarme.

—¿A nuestra cabaña?

—Sí. Tú eres mi niña madrina. —respondió Ella sonriendo mientras se acercó volando hacia Anisa.

—Sí. Cada hada madrina —continuó el hada— tiene un niño asignado para que le ayude cuando lo necesita. Y de mí te encargas tú.

—Pero… yo pensaba que era al revés…

—No, eso sólo pasa en los cuentos. —volvió a sonreír el hada.

—Y… ¿Cómo puedo ayudarte? Yo sólo soy una niña.

—Ya lo estás haciendo. Cuando te vi sentí la inocencia de cuando era pequeña. Tendría que ser siempre así. —dijo sin quitar la sonrisa de su cara.

—Mi mami siempre dice que una sonrisa dice más que mil palabras. —Anisa también sonrió.

—Yo he venido a buscar una sonrisa. Y la he encontrado.

Ella, que seguía volando con majestuosidad delante de Anisa, la observó y la miró fijamente a los ojos.

—Ahora tienes que despertarte. —dijo Ella con una voz muy pausada y tranquila.

La luz del cuarto era bastante tenue. Anisa estaba un poco aturdida y no sabía muy bien dónde se encontraba. Definitivamente estaba en su cuarto. En la mesita de noche había una foto de ella con Chicho en la cabaña. En la pared colgaban varias fotos de sus padres en la casa del lago y también una foto de una señora que inmediatamente identificó como su abuela.

—Ha debido de ser un sueño… —Balbuceó medio dormida incorporándose de un salto asustada al escuchar su voz.

Anisa era ahora una mujer que rondaba los 30 años. En su cuarto no había rastro de su perro Chicho, salvo en la foto, ni mucho menos del hada que le había visitado en la cabaña. La verdad que no entendía nada de lo que había pasado. Miró por la ventana y observó que el día estaba oscuro y gris. Se oía la lluvia que caía con algo de fuerza desde el cielo. Abrió ligeramente la ventana para escucharla mejor. Dirigió su mirada hacia las fotos que colgaban de la pared y entonces vio la foto de su abuela. Se acordó de lo mucho que la echaba de menos y de lo mucho que la quería.

—No sabes cuánto te necesito… allá donde estés nunca me olvides… —susurró con la voz entrecortada y los ojos humedecidos con lagrimas que imitaban a la lluvia descendiendo por la piel de sus mejillas.

Añoraba a su abuela. Sus abrazos y sus consejos llenos de sabiduría. Pensaba en la muerte y al mismo tiempo en el amor que sentía hacia ella.

¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte? ¿Se muere el amor? ¿O se enamora la muerte? Tal vez la muerte moriría enamorada y el amor amaría hasta la muerte.

De vuelta en el mundo de los vivos y el de la realidad recordó que hoy tenía guardia en el turno de noche. El tiempo cada vez pasaba más rápido. Parecía necesitar días de 48 horas donde los de 24 se quedaban muy cortos. Con un ojo abierto y otro cerrado decidió prepararse para ir a trabajar. Estaba empezando a odiar esas guardias interminables y se sentía cansada y sin energía. Estaba teniendo uno de esos días en los que le faltaba la calma. Agotada y aturdida. Días que parecían no tener fin. Días en los que le pedía al sol que viniera a ella para darle calor, energía y luz. Se dio cuenta en ese momento de la tristeza que iba acumulando con el paso del tiempo.

Entonces, de nuevo una luz descendió desde el cielo para colarse por su ventana.

—¡Hola Anisa! ¿Te acuerdas de mí? —preguntó Ella mientras se sacudía para secar sus alas.

Anisa permaneció inmóvil e incrédula sin realmente saber lo que estaba sucediendo. No era capaz de saber si lo que estaba pasando era real o simplemente un sueño.

Ella brillaba con intensidad.

—La vida es demasiado corta como para que los malos recuerdos sean tan largos. —dijo con voz alta y clara el hada madrina.

—¿Es que sabes acaso cómo son mis recuerdos? —replicó Anisa con un tono serio y rasposo.

—¡Claro que lo sé! Soy un hada.

—No parecías estar tan segura de ti misma cuando viniste a verme a la cabaña.

—Tienes razón. Pero tú me enseñaste a creer en mí. A sentir la pureza, inocencia y bondad que sólo los niños tienen. A volver a hacer magia. Eres mi niña madrina, ¿No lo recuerdas?

—Yo no sé si eres de verdad o sólo una fantasía.

—Claro que soy de verdad. Estás hablando conmigo. Puedes tocarme si quieres, abre tu mano y verás.

Justo en ese momento Ella voló hacia Anisa quien abrió su mano para que el hada se posara en su palma.

—Acuérdate de cuando eras una niña. De esa personalidad risueña y alegre que tenías. De toda esa ilusión con la que vivías y de lo feliz que eras jugando con tu perro Chicho y cazando saltamontes ¡Siempre me gustó Chicho! —Dijo Ella en un tono muy alegre.

—Mi personalidad sigue siendo la misma. Es mi actitud la que cambia y eso depende de quién seas tú. Y, si de verdad eres un hada, no deberías juzgarme.

—No he venido hasta aquí para juzgarte. Nunca juzgaría tus decisiones sin saber tus razones aunque, en este caso, las conozco.

Se hizo un pequeño silencio. Al cabo de unos segundos Ella continuó hablando.

—En la vida vas a experimentar momentos alegres y tristes. Conocerás personas increíbles, te enamorarás y reirás. También llorarás y echarás de menos a los seres queridos que se van pero siempre habrá un rayo de sol que te llenará de luz. El tiempo pasa muy rápido y no vuelve. Sólo puedes seguir hacia delante sin negarte a explorar los nuevos caminos que te ofrece tu destino. Si pierdes la esencia que los niños tienen, la ilusión y las ganas por descubrir entonces no te sentirás viva.

Anisa se sentó en la cama. Todavía tenía en la palma de su mano a Ella. Sintió que ya no había vuelta atrás. Sintió que las cosas sólo ocurren una vez y que por mucho que se esforzara nunca volvería a vivir lo mismo o nunca volvería a sentir ese amor hacia su familia, hacia su abuela, hacia su perro Chicho. Los echaba mucho de menos y todas esas ausencias le provocaban un dolor en su pecho. Su corazón estaba condicionado por la tristeza y el dolor. Sus pensamientos no le permitían ver el amor infinito que nacía de su interior enquistado por su pasado trágico. No pudo reprimir el llanto y comenzó a llorar desconsoladamente.

—Los echo mucho de menos… —Dijo en voz baja.

Los padres de Anisa habían desaparecido cuando ella sólo tenía 6 años. La historia había sido bastante conmovedora. Solían veranear en una casa del lago. Un día, mientras la madre preparaba la cena Anisa desapareció. Sus padres fueron a buscarla por los alrededores de la casa y, después de eso, jamás se supo de ellos. Anisa y su perro fueron encontrados en la cabaña por su abuela, quien acudió a la zona tras la llamada de los padres. La búsqueda de los padres de Anisa fue muy intensa pero con el paso del tiempo las autoridades desistieron. Su abuela la cuidó y crío hasta que un día, cuando Anisa tenía 23 años, falleció por causas naturales.

Anisa y su abuela habían forjado una relación muy especial. No necesitaban hablarse para entenderse y las palabras entre ellas nacían de sus miradas.

Todas estas circunstancias habían marcado la vida de Anisa y, Ella, el hada madrina, lo sabía.

—Anisa, creo que ha llegado el momento de que vuelvas a dormir. —le dijo Ella.

—No puedo irme a dormir, tengo que irme a trabajar. —contestó Anisa.

Ella, mirando siempre con una sonrisa a su niña madrina, le respondió nuevamente.

—Quiero que duermas y cuando oigas la voz de tu madre te despiertes y salgas de la cabaña junto con Chicho.

La luna volvía a brillar con mucha intensidad. Se podían contar miles de estrellas en el horizonte.

—¡Anisa! ¿Dónde estás? La cena está lista. ¿Anisa? —se escuchaba la voz de Salma, su madre, desde la cocina.

Chicho y Anisa se habían quedado dormidos en la cabaña. Al escuchar la voz de la madre, Chico se despertó y rápidamente lamió los mofletes de Anisa. Ésta también despertó con la mejor compañía posible, la de su mejor amigo.

—¡Anisa, hora de cenar! —gritó su madre desde el porche de la casa.

Anisa y chico salieron de la cabaña muy despacio y medio dormidos pero cuando vieron a Salma corrieron rápidamente junto a ella. Anisa abrazó a su madre rodeando sus piernas con sus brazos y Chicho no paraba de dar vueltas alrededor de ellas.

—¿Has visto cómo brilla la luna hoy, Anisa? —preguntó la madre.

Las dos se quedaron fijamente mirando el cielo que estaba repleto de estrellas. Entonces, una luz muy pequeña pero intensa alzó el vuelo a lo lejos desde la cabaña y subió lentamente hasta que desapareció en el horizonte.

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