Estándares

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Deja que te cuente que cada mañana que tengo que ir a trabajar sigo la misma rutina. Normalmente me despierto, no importa la hora, me visto, saco al perro, desayuno, bla, bla, bla y me voy al trabajo. Tengo la suerte que llego el primero a la empresa y hasta que no pasa una hora no empiezan a llegar mis compañeros. Esa primera hora de trabajo es la más fructífera y en la que más me cunde el tiempo. Tranquilidad total.

La verdad, este post no es para hablar del trabajo.

Mi oficina está situada en un punto que más o menos es inevitable pasar por ahí cuando llegas. Básicamente porque esta de camino a la cocina así que si alguien trae su comida no le queda más remedio que verme la cara.

Según mis estándares, lo normal es que cuando llegues a un sitio saludes, digas buenos días o, yo qué sé, algo, ¿No? Pues no.

Mientras hay compañeros que sí se detienen a dar los buenos días, saludan con la mano o te regalan una sonrisa hay otros (por suerte son pocos) que no sólo no dicen nada, sino que evitan mirarte y te ignoran al máximo. La verdad,  por un lado me la trae bastante floja pero, por otro, me parece un poco extraño. Cada uno tiene sus estándares en la vida en educación, respeto… o por ejemplo hay gente con diferentes estándares de limpieza. Están los que viven a gusto rodeado de basura y mierda y los que tienen que tenerlo todo impoluto. Con la personalidad pasa lo mismo. Desde luego no puedes forzar a nadie a que te salude o a que deje de ser una persona miserable.

Recuerdo que en los 3 primeros meses en este trabajo a un tipo, que nunca saluda, cada vez que pasaba por mi puerta le gritaba un “buenos días” o un “¿Qué tal hoy?” y sí, cuando le hablas te responde, pero sino… ni una puta palabra. Supongo que a éste se la trae más floja que a mí. ¡Lo cambiaba por un perro ¡Pero ya! Los perros sí que molan, ellos sí que saludan de manera incondicional. Bueno, hasta una cucaracha es más agradecida. ¿Qué se le pasará a este tipo de personas por la cabeza?

Me acuerdo que cuando llegué en 2006 a Los Ángeles unos amigos míos latinos que trabajaban en un restaurante me hablaron de un chef italiano que se negaba a saludarlos porque el muy imbécil se sentía superior a ellos y nunca saludaba ni daba los buenos días a ninguna persona que no fuera blanca. ¡Tócate los huevos! Ahí estaba el puto chef de los cojones sin dar los buenos días. Y tan normal.

O, por ejemplo, el otro día en el gimnasio al que voy (donde la educación reina por su ausencia) a un hombre se le calló el móvil al suelo no muy cerca de donde yo estaba, pues bien… me levanté del sitio y fui a recogerlo para dárselo en la mano y… ¡ni gracias ni nada eh! Entonces, irónicamente le dije “de nada eh”. Me miró como si yo estuviera loco…

Pero claro, el problema es que, como estamos hablando de diferentes estándares lo mismo no se puede despedir a nadie en un trabajo por sencillamente tener otro nivel de educación. Está claro que esto es una situación insignificante, pero es el reflejo diminuto de la sociedad en la que vivimos. La sociedad de “me la suda” y del “es normal no dar los buenos días o las gracias”.

Lo malo que esos me la sudan cuando son muchos juntos o tocan temas más delicados como el racismo, la homofobia, el sexismo, el abuso de poder… entonces sí que estamos jodidos. No te saludo porque eres latino, no te pago las horas extras porque eres mujer… Pero oye, tan tranquilos eh que todo es una cuestión de estándares.

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