Forma de ver las cosas

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La forma de ver las cosas que tiene una persona respecto a otras puede ser totalmente distinta. Es más, en una misma persona nuestros cambios de humor pueden hacer que en cuestión de días, horas o minutos variemos nuestros pensamientos, siendo, nosotros, completamente los mismos sin sufrir ninguna alteración aparente. Aparente porque la mayoría de las veces no somos conscientes de esos cambios. No nos conocemos tan bien como creemos y, sin embargo, vacilamos de conocer bien a otras personas, vacilamos de su amistad, vacilamos de poder ayudarles en determinados momentos y todo ello sin reconocer el vacío que llevamos dentro.

La cuestión es doblemente peligrosa. A veces, recomendamos cosas que a nosotros mismos no nos recomendaríamos. Otras veces no somos capaces de recomendarnos cosas, no sabemos elegir el camino idóneo. Las personas necesitamos de un Mesías en cada etapa de nuestra vida. Que nos haga ver las cosas que no somos capaces de ver por nosotros mismos. Es una manera de vendarnos los ojos y que nos guíen como a ciegos.

Los inicios de nuestra vida suelen estar dirigidos por nuestros padres, abuelos, hermanos, etc. El entorno familiar es nuestro primer guía. Adquirimos una educación, un comportamiento, una forma de ser, una forma de tratar con la gente y nos inculcan si perteneceremos a una religión o no. Aprendemos y nos imponen todo.

Pero ese “todo”, ¿es el correcto?

Cuando somos chiquillos no somos maduros para saber lo que nos conviene. Tendemos a creer que todo lo que nos dicen nuestros padres es lo correcto y lo bueno. ¿Qué pasa si tengo unos padres delincuentes? ¿Somos tan listos para diferenciar que eso es malo si estamos manipulados por esos padres?

El siguiente guía que nos encontramos en nuestro camino son las amistades. No menos importante pero no por ello más correcto para nuestra formación. La simbiosis entre familiares y amistades es complejísima e inacabable. Cada persona tiene su círculo cercano y cuando se relaciona con otras transmite todo lo aprendido en ese círculo con los demás.

La pregunta ahora es: ¿Qué pasa si de niño mi mejor amigo tiene unos padres delincuentes? Claro, la forma de ver las cosas de ese amigo están manipuladas por sus padres y ese comportamiento ¿Cómo influye en tu personalidad?

Bien diferente será cuando desechemos esa venda manipuladora que nos cubre y veamos la realidad con nuestros propios ojos.

Algo similar ocurre con los sentimientos. No son los mismos sentimientos que tenemos al inicio de nuestra vida, cuando queremos tanto a nuestros abuelos, que los sentimientos cuando tenemos la primera novia, que los sentimientos cuando somos nosotros los abuelos y deseamos salir de paseo con nuestro nieto. Por supuesto, no se miden con el mismo baremo.

Famosa es la pregunta, ¿A quién quieres más, a tu padre o a tu madre?

No siempre diferenciamos la afinidad que tenemos con una persona con el sentimiento que tenemos hacia ella.

Cuando hablo de sentimientos me resulta bastante complejo. Me gusta ser radical con la forma de sentir porque es como diferencio lo que me interesa de lo que no. No me gustan las cosas a medias. No me gusta tener la duda de si siento cariño por alguien o no. No me gusta tener la duda de si tengo o no un amigo. No me gusta tener la duda de si me atrae o no una chica determinada. Odio esas dudas. Son las que te llevan al engaño, a la equivocación y a su vez a la decepción personal de no saber con quién ser cariñoso, de no saber de quién ser amigo y de no saber a quién amar.

La forma de sentir las cosas es una pequeña parte de ese “todo” del que hablaba con anterioridad.

Cuando veo en otras personas el sentimiento de debilidad, de frustración, de pensar que no son nadie… te quedas sin palabras. Son las personas más complicadas de guiar y de reconducir. ¿Cómo corregir el sentimiento de depresión? ¿Cómo corregir el sentimiento de ansiedad? ¿Cómo …? Son tantas cosas… ¿Qué pasa si eres tú el que sufre todas esas sensaciones?

Por lo menos, hay que plantearse esas posibilidades. No sé como pueden surgir sentimientos así en personas aparentemente fuertes (en sentido mental, claro). Pero, pensándolo bien, tampoco entiendo a veces porque siento algo especial en alguna persona. ¿Qué es aquella cosa exacta que hace que un sentimiento oculto o detenido en tu interior se despierte de repente y se active?

Todos somos capaces de poder sentir cualquier sentimiento pero, algunas personas, no tenemos porque experimentarlos o no llegamos a experimentarlos del todo. Lo que considero aún peor es pensar que experimentamos algún sentimiento concreto, creemos que lo estamos saboreando o sufriendo cuando en realidad no es así. Desengaños amorosos y depresiones son los dos ejemplos que me vienen más claros a la cabeza. Pero más que nada porque son los típicos casos; el pensar que estamos terriblemente enamorados cuando no es así; o, el creer que estamos terriblemente mal cuando tampoco es así.

Somos unos engañados e intentamos autoengañarnos. Pero déjame que te diga que es imposible mentirse a uno mismo.

Una de las frases más engañosas que oigo e incluso aplico es: “la quiero como a una hermana”.

Supongamos que tienes una hermana y que la quieres con locura. Está claro que tendrías muchísimo cariño hacia ella, muchísima ternura, amistad… pero nunca piensas en acostarte con ella. Cuando aplicas la frase a una amiga y dices que la quieres como a una hermana, exactamente ¿Qué se pretende decir con ello? ¿Quiere decir que la quieres tantísimo pero que no te acostarías con ella? Si esto es cierto, ¿Qué es lo que hace que queriendo tanto a una persona tu mente excluya la posibilidad de acostarte con ella? Todo esto teniendo en cuenta que no hay motivos familiares por los cuales tengas que excluir esa posibilidad.

Si todos los sentimientos sobre una persona los separásemos uno por uno podríamos encontrar la razón exacta pero todos están conexionados y por eso las frases “la quiero como a una hermana” y “sólo es mi amiga” vienen seguidas de “no descarto que algún día…” y es que de la amistad al amor hay un paso y de la amistad al sexo menos aún.

Mi condición de heterosexual no me permite dar con la solución de mis dudas aunque sí considero que no me acostaría con muchas amigas pero siempre lo digo refiriéndome a ese momento del tiempo, al presente, porque nunca se sabe.

Unos de los sentimientos que más me preocupa en estos momentos es el de soledad. Veo la soledad de dos formas diferentes y contradictorias.

No me gusta sentirme solo. Me preocupa mucho cuando no tienes a nadie cerca o cuando crees que no lo tienes. Cuando piensas que no hay nadie de tu confianza para comunicarle cualquier cosa. El pensar que no tienes amigos, que no tienes apoyos. Esto hace que te encierres, que no te puedas desahogar. Es una cuesta abajo cada vez más inclinada. De ahí la importancia de saber encontrar esos apoyos y esas amistades.

¿Cómo considerar a alguien como tu verdadero amigo? ¿Cuántos verdaderos amigos se pueden tener? ¿Cuántos verdaderos amigos tienes tú ahora?

La otra forma de ver la soledad es la que a mi me gusta. Esta soledad la provoca uno mismo. Es un aislamiento voluntario y para nada provocado por las desgracias. Consiste en buscar un momento absolutamente para ti. Es “tu” momento. Nada y nadie te molesta. Silencio mental. Es el momento en el que se deberían plantear o aislar los problemas, pensar o no, descansar.

Me planteo mis problemas en mis ratos de soledad porque es cuando más tranquilo estoy. Puedo ver las cosas más fríamente. Puedo plantearme los motivos del problema, el cómo llegué a ese problema y el cómo salir más fácilmente. Esta soledad es como caminar por casa con la luz apagada sin tropezarse. Con la otra soledad, en cambio, no paras de darte golpes hasta que encuentras la toma de la luz, si es que la encuentras. A esto es a lo que me refiero con “forma de ver las cosas”. La oscuridad no siempre da miedo.

De todas formas es muy difícil plantearse las cosas de esta manera, más que nada, porque cuando uno está mal, disminuyen mucho sus potencialidades y se incrementan a su vez sus debilidades.

De vez en cuando nos convendría realizarnos análisis de nuestras debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades sobre nosotros mismos. ¿Cuántos de nosotros hace algo tan simple como esto periódicamente? ¿Nos ahorraríamos más de un disgusto? ¿Nos ofrecería más de una satisfacción?

Es una buenísima forma para conocerse a uno mismo o, al menos, intentarlo. Realizar este examen crítico y sincero. Y contar con la ayuda de algunos de los amigos que “vacilan” diciendo que te conocen bien. Convendría hacer una comparación y, por supuesto, intentar corregir en aquello que fallamos y mejorar las cosas ya positivas. Pero no es suficiente con mejorar cualquiera de nuestros defectos. Hay que alargar esa mejoría en el tiempo y buscar su eternidad. Entra en juego la ambición personal de cada uno.

Si algo no quiero es llegar a una edad determinada y decir que no he podido conseguir ciertas cosas. La vida está llena de dificultades y objetivos a cumplir. Esos objetivos tienen que estar marcados por uno mismo. Conseguir un objetivo no es más que el inicio de un nuevo reto. El día que no tienes esa sensación caes en la estanqueidad, en la monotonía. La vida tiene que ser intensa.

Cuando tenemos una vida intensa vemos las cosas muy diferentes de cuando nuestra vida es monótona. Percibimos todo de forma opuesta.

Con la intensidad no tienes tiempo para aburrirte. Siempre haces algo. Le das mucha más importancia a las cosas que de verdad tienen valor. Tus objetivos han de ser mucho más definidos y si eres ambicioso trabajas mejor para conseguirlos. Pero, ojo, cuando te hablo de intensidad no estoy diciendo que trabajes sin parar y llevas una vida llena de estrés. Estar unas horas al sol viendo a los pájaros cantar puede ser la más intensa relajación.

Con la monotonía eres una persona mucho más apagada. Te importan menos las cosas. Te sientes triste o con vacíos. Caminas lentamente por un túnel sin salida. No ves las paredes. No eres capaz de percibir el movimiento que te rodea. No te apetece nada. Estás sin objetivos.

Los cambios de estados de ánimo son muy comunes en todos nosotros. Pero, ¿Podemos controlar esos estados de ánimo?

Muchas personas, con la lluvia se sienten tristes. Es el típico día en el que el Sol se esconde, se ennegrece el cielo y nos da por no salir de casa. Qué forma más injusta de relacionar la lluvia con la tristeza. Digo injusta porque el hecho de que a la gran mayoría le de por pensar en sus cosas tristes los días de lluvias no quiere decir que todos nos sintamos tristes los días que llueve. El Sol es vida y transmite alegría. La lluvia también.

El error nos viene en que no nos planteamos bien la forma de pensar y de sentir y en los días oscuros se nos descubren todos nuestros miedos, al igual que nos suceden en los momentos antes de dormir. Como ya dije antes, la oscuridad no tiene porque dar miedo.

Lo que está claro es que el hecho de que llueva no te puede dejar indiferente. El cambio climático nos afecta. Si llueve y no sales de casa y te da por pensar… hazlo correctamente. Mi imaginación puede visualizar en un día de lluvia a una mujer que se encuentra en un paraíso natural y virgen, rodeada de naturaleza. Allí, en medio de esa energía está ella, desnuda, siendo acariciada por cada gota de agua que cae del cielo, escuchando el sonido de esa fusión entre un ser humano y la naturaleza, sonido que trasmite paz, ternura y calma. Me gustaría poder inmortalizar esos sentimientos en mi memoria y poder compartirlos con alguien especial. Es difícil conseguir estas sensaciones los días soleados aunque éstos transmiten otras. Eso es lo que me transmite la lluvia. No es un sentimiento de tristeza. No tenemos motivos para pensar algo negativo.

La sensibilidad de las personas varía durante todo el año.

Me he preguntado en qué condiciones puedo llegar a ser más sensible. Y en esas condiciones de alta sensibilidad ¿Es cuando tiendes a enamorarte?

Y ¿Cómo medir lo muy sensible que eres? O ¿Cuánto te afectan las cosas?

Para empezar, deberíamos de saber la importancia que tiene algo para uno mismo. Esto, dicho así, no sorprende. Es lo que se supone que hacemos todos. No es lo mismo que se te rompa un lápiz a que se te rompa una pierna. Lo que verdaderamente sorprende y resulta confuso es que, aún teniendo la frase en mente, nos cuesta un mundo encontrar el verdadero valor de las cosas, sobre todo de las inmateriales, de los sentimientos. Cuántas veces escuchas de alguien “me como la cabeza por nada”. Y aun siendo conscientes de que es un “nada” siguen dándole vueltas.

Por eso encontramos dos mediciones.

En primer lugar, aquellas a las que das más de una vuelta. Son las que nunca catalogaremos de tonterías por muy sencillas que sean.

En segundo lugar, aquellas cosas que no merecen darle ninguna vuelta. Son actos o sucesos que ocurren pero nada más.

No debemos confundir las del “tipo A” con las del “tipo B”. Y mucho menos el ser cobarde y no afrontar las del “tipo A”. El no afrontarlas o el abandono a mitad de vueltas nos hace débiles. No necesariamente vas a encontrar la mejor solución a tus problemas pero tu satisfacción personal por el hecho de pelear contra tus males se engrandece. Es un comienzo para saber llevarlo. Elevación de la autoestima. Cuando quieres conseguir algo, tienes que luchar por ello. Cuando quieres conocer a alguien, tienes que acercarte a ese alguien. Cuando quieres salir con alguien, tienes que “convencer” a ese alguien. Pero el hecho de que no lo consigas no tiene porqué hacerte sentir inferior a ese alguien. ¿Cuánto merece la pena una persona para que tú te sientas mal por no tenerla? El sentido de inferioridad está a la orden del día. Es el sentimiento de saber que no vas a alcanzar un objetivo. Porque quizás, muchas veces, no nos conocemos tan bien como para marcar nuestros objetivos reales. También, muchas veces, el no conseguir ese objetivo es consecuencia de haberlo sobre valorado cuando realmente no está a nuestra altura. Lo ideal sería no equivocarse a la hora de elegirlos. Tarea difícil. Las cosas no son siempre lo que parecen. Pero todo empieza por quererse a uno mismo. Valórate, ámate y respétate.

No todos tenemos el mismo sentido de la percepción ni el mismo acierto. El porcentaje de errores o aciertos viene dado por la experiencia. Aunque algunos tienen esa condición innata, (y les cuesta poco ver las cosas) la gran mayoría tenemos que tropezar en la misma piedra dos veces para darnos cuenta.

Volviendo al tema de la amistad y a las preguntas que con ella planteaba, me doy cuenta de la importancia de diferenciar los conocidos de los amigos. Es importante tener clara esta diferencia para mi satisfacción personal. Tenemos por costumbre a considerar a todos los que nos rodean más asiduamente como amigos, a aquellas personas con las que salimos cada fin de semana o a aquellas personas con las que hemos compartido nuestra infancia. El listón de la amistad hay que ponerlo mucho más alto. Quizás en nuestra vida sólo llegamos a tener 1, 5, ó 10 amigos, depende de cada uno. El resto son conocidos. Duele mucho mostrar y ofrecer todo tu confianza a alguien y luego sufrir el engaño o la mentira pero es que igual no tenías tanta amistad como pensabas.

Las personas estamos llenas de prejuicios sobre los demás. No es justo realizar una primera interpretación de alguien y dependiendo de nuestra percepción innata nos atribuiremos un acierto o un error. Si no somos tan hábiles o no tenemos esa característica tan despierta tenemos que evitar realizar esos juicios prematuros. Más que nada porque el error continuado sobre la opinión que nos merece alguien demuestra el poco conocimiento de nosotros mismo. Es lo absurdo de opinar sin conocer.

Las personas a las que no llegamos a conocer lo suficiente no las catalogaremos como “verdaderos amigos”. Pero no pensemos que es culpa de esas personas. Es posible que la culpa sea nuestra por no lograr esa confianza para conseguir conocerlas.

Luego están las personas que, a pesar de que nos llevamos genial, no complementan nuestros vacíos, no nos aportan nada especial. Tampoco son las que considero como “verdaderos amigos”.

Finalmente encontramos a los “verdaderos amigos” en las personas que sí complementan nuestros grandes vacíos, nos nutrimos de ellas, tienen ese “algo” especial y nos enriquecen. Esas personas especiales son a las que hay que considerar como amigos. Y no digamos que estamos rodeados de amigos porque sería mentira. Y tampoco pensemos que todas las personas gozan de tener esas amistades especiales porque tampoco es cierto. Hay grupos de amigos que en realidad no lo son pero, claro, ellos no lo saben. Supongo que no todo el mundo se plantea las cosas así. Supongo que no todos tenemos el mismo listón respecto a la amistad. Pero, aún así, lo importante es que acertemos al decir que tenemos cerca de alguien especial.

Pero no nos pasemos con la prepotencia a la hora de elegir. Seamos humildes. Tanto la prepotencia como el egocentrismo nos conducen al fracaso. Evitemos las amistades así y evitemos ser así. Una manzana podrida que hace que se pudran el resto. Y, además, vienen acompañadas de una gran ignorancia. Ignorancia porque se sienten los más fuertes, los más hábiles, los mejores. No aceptan ni ven las formas de ver del resto de personas. Tienen una visión opaca. El vendaje de sus ojos es muy fuerte. No se puede desatar el nudo así como así. Tenemos que ser humildes en cuestión de amistad y desechar esa ignorancia que no es otra cosa que no querer aprender de los otros, el cerrar las puertas y el pensar que ya sabemos suficiente. Es un vendaje totalmente opuesto al que nos ofrece alguno de nuestros “guías”. Por eso no podemos achacarle toda la culpa al falso amigo que nos miente, que nos hace sufrir… porque el principal dueño y culpable de nuestros actos somos nosotros.

Y, ¿Cómo medimos lo muy prepotentes que somos? Siempre ocurre lo mismo a la hora de valorar nuestros defectos. En cambio, nos resulta más fácil ver los de los demás, incluso antes que sus virtudes. ¿Esto no es más que otro acto de prepotencia? Nos condiciona, claro que sí, y, de paso, nos sirve para ver lo poco humildes que somos. Nadie está exento de ello. Lo único que podemos hacer es declinar la balanza de un lado para el otro. Volvemos a aquello de pretender conocerse bien para ser capaces de dirigir esa balanza. Y así con el resto de adjetivos. Procurar o, al menos, tener la posibilidad de elegir lo bueno sobre lo malo. Preocupación sobre nuestras inquietudes. Tener inquietudes. El preguntarse el por qué de las cosas. Cuando realizas una acción saber el por qué la haces. Cuando quieres algo, saber el por qué lo quieres. Y algo que también es muy importante, el saber qué es lo que no quieres.

Lo he escuchado y dicho mil veces a lo largo de mi vida: “No sé lo que quiero”. Pues al menos ten claro lo que no quieres. Es un buen comienzo para plantearse las cosas. Realizando prioridades dándole importancia a lo bueno y descartando y aprendiendo de lo malo.

Aplicando toda esta teoría (de la amistad) al amor la cosa se engrandece aunque no debería de ser así. Se engrandece porque tendemos a darle más importancia al hecho de amar a nuestra pareja. ¿A caso no es más importante el amor hacia tus amigos? Por lo menos, no hay que discriminar y sí valorarlos por igual. Quizás el nivel de sensibilización no es el mismo estando enamorado a no estarlo. Repitiendo la pregunta de “¿En qué condiciones puedo llegar a ser más sensible?” me doy cuenta que en su día fue al estar tremendamente enamorado. Esto es así porque hasta ese día no se me habían despertado esos sentimientos ocultos o no los había experimentado a ese nivel, con esa intensidad. Ahora lo que procuro es tener ese nivel de sensaciones con todo, no sólo con mi chica. Me planteo y me doy cuenta lo importante que es sentir amor por mis amigos, por mis padres, por mi vida, mi entorno…y todo a raíz de haberme enamorado. Es el antes y el después. Y la mejor forma para no perder las buenas vibraciones es buscarlas, entrenarse y tener la suerte de encontrarlas. La diferencia de esas vibraciones está en que una noche, mientras duermes, los pájaros, al salir el sol, te despiertan y te sientes fatal y te enfadas con ellos porque querías seguir durmiendo. Otra noche, dormido, oyes el cantar de los pájaros, te despiertan, abres la ventana y ves el amanecer y piensas que es una bonita forma de empezar el día pero no sabes el por qué.

Pero esto, sólo es una forma de ver las cosas.

Todo entra dentro de lo real. ¿Qué pasa con el mundo de los sueños, la imaginación y la fantasía? A veces sueño con querer estar con alguien, con que las cosas sean de otra forma, con sentirme también de otra manera. ¿Estos sueños son vacíos de mi persona? ¿Qué papel juega mi subconsciente dentro de mi personalidad? Es como cuando sueñas 3 noches seguidas que quieres besar a una chica. Cuando la veo me apetece besarla. Entonces, ¿Se manipulan mis sensaciones a través de los sueños? Y es que, diferenciar la realidad de la no realidad es una complicación añadida tanto como pensar las cosas y no encontrar soluciones. Tenemos que dejarnos guiar y llevar por lo que nos dice el corazón pero ahí están la conciencia y lo subconsciente unido al resto de guías que en cada momento nos ayudan porque, aunque no quieras, vives en lo terrenal. Somos un centro y a nuestro alrededor giran nuestros miedos, inquietudes, amistades, amores, sueños y guías y cada vez nos aferramos a unos u otros encontrando una satisfacción o insatisfacción. Y todo gira muy rápido e intenso y sólo los avispados siguen el ritmo.

En cuestiones menos reales como sucede en los sueños es más complicado acertar. Lo mismo ocurre con los signos del zodíaco, la gente que dice que adivina el futuro y todas las cosas paranormales. Créetelas o no, porque eres libre de hacerlo.

Pero ¿Qué entendemos por normal? Si partimos de que nosotros somos el centro habrían tantas cosas normales como personas en el mundo. No tendríamos que discriminar nada. Ninguna opinión del resto, ningún acto. Pero vivimos en comunidades y estamos interrelacionados así que esta opinión es un tanto utópica. Si para mi es normal o me parece bien algo, ¿Por qué tengo que variarlo? El caso es que, muchas veces, se cede al prejuicio y a las críticas de los demás. Volvemos a destapar nuestras debilidades con esta acción porque, a veces, no somos tan fuertes para aguantar las críticas. Y es que prevalecen los miedos, las vergüenzas, las debilidades sobre la fortaleza y no me creo en muchas ocasiones a el que dice “Me da igual lo que digan los demás” pero admiro a los que de verdad así lo hacen y sienten y no lo dicen para ponerse un escudo ante sus miedos. Para colmo, el hecho de hacer algo sin que te importe lo que digan los demás resulta que para las masas está mal visto, no sé si por el simple hecho de “chismorrear” o más bien por su ignorancia.

Cada característica que tiene una persona no tienen el mismo peso y se condicionan las unas con las otras. Debemos saber cuáles son las condicionadas y cuáles las que condicionan porque es la única forma de ver si la influencia de ciertos aspectos está justificada. Así se lucha contra la idea de prejuzgar y confundirnos.

Pero seamos sinceros. Prejuzgar es una actitud innata e involuntaria, en principio, aunque algunos hacen una profesión de ello.

Una reducción de prejuicios al mínimo nos puede llevar a un exceso de confianza hacia los demás y esto es muy peligroso. Todos dormiríamos con la puerta de casa abierta y eso nadie lo hace. Es un motivo más por el cual querer conocer más a los otros, preocuparnos por los vecinos que tenemos, por el barrio donde resido o por la sociedad a la que pertenezco. El papel educativo y el sistema social del Estado ejercen presión en nuestros conocimientos.

Papel educativo porque la vida en sí es un aprendizaje continuo. Es bonito que te enseñen a saber cuánto es 1+1 pero sería más interesante que nos enseñaran a saber vivir y amar.

Papel social del Estado porque el Estado manipula a las masas, a la sociedad, en definitiva, a nuestros círculos más próximos. Y al político actual le encanta inculcarnos el miedo, los temores y las inseguridades para que no puedas dormir con la puerta de tu casa sin echarle 7 pestillos.

Y siendo claros, estoy en contra del sistema. Porque no hacen más que engrandecer mis dudas. Dudas de cualquier tipo. Laborales, de vivienda, de futuro. Y no me gusta tener dudas. Y si el Estado somos todos, ¿Cuánta auto confianza tengo que tener en mi mismo para no echar por los suelos mis ideas? Las manipulaciones de los ideales llevan a más manipulaciones, tanto en el buen sentido como en el malo. Y si aceptamos la manipulación por parte de gente que nos tiene que guiar en una sociedad de bienestar sin conocerlos ¿Con qué facilidad nos puede manipular una persona que sí nos conoce? ¿Hasta qué punto somos títeres de los demás?

Cuando leí el “Don Quijote” una de las cosas que más me llamó la atención era la “sanchoquización” por parte de Don Quijote y la “Don Quijotización” por parte de Sancho. Es algo tan sencillo como la fusión de ideas entre las personas. Pero hasta esa mínima fusión hay que hacerla detenidamente y entendiéndola paso a paso para no convertirnos en marioneta de los demás.

Y es que, los individuos, vamos recolectando votos del resto al igual que hacen los políticos. Ellos, unos meses antes de las elecciones realizan actos para recoger el mayor número de votos, nos asfaltan las calles, crean leyes a favor de la seguridad pública ciudadana, nos ofrecen más servicios… Nosotros ofrecemos nuestra sonrisa, nos mostramos cariñosos o por lo menos ocultamos nuestros defectos aunque terminan por saberse, al igual que les sucede a los políticos que, una vez salen elegidos, se olvidan de todas sus promesas. Es el momento de tomar medidas y ofrecer y encontrar la mayor transparencia posible. Seamos transparentes.

Y el amor ¿No podríamos definirlo, pues, como un exceso de “sanchoquijación” o “Don Quijotización” transparente culminado en acciones sexuales hacia la pareja? ¿Es la auténtica diferencia entre amistad y amor?

Una situación común es salir con una persona al poco tiempo de conocerse. ¿No es mejor salir con alguien cuando ya te has enamorado como amigo?

Nos gusta el proceso de, a medida que aparecen las relaciones sexuales con tu pareja, ir conociéndola, quedando, hablar… ¿No es prematuro ponerse a salir con alguien que conoces desde hace sólo 3 semanas? No tiene que ir mal la cosa por obligación pero nuestro éxito en el futuro podría estar más asegurado si conociéramos bien a la persona desde hace ya un tiempo (o igual no). Y es que así conozco a pocas parejas. La mayoría se han conocido después de salir. Lo cierto es que a muchas parejas les va genial. ¿Se puede creer en el amor a primera vista entonces? Otra cuestión relativa y cuestionable. ¿Es cuestión de primera vista o suerte por haber encontrado a la persona idónea para desear en un día cualquiera? ¿Y qué sucedió ese día para que sientas el amor a primera vista?

Son tantas preguntas. Y tantas formas de ver las cosas…

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