Gatos y toros

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Si tuvierais la posibilidad de elegir entre ser un gato o un toro ¿Cuál de los dos elegiríais?

Así, a bote pronto y sin pensarlo,quizás, pediría ser un gato.

gato feliz

Me vienen muchas imágenes a la cabeza de toros siendo maltratados por humanos. Lamentablemente, imágenes de todo tipo.

Desde pequeño siempre he tenido especial fobia al mundo taurino, a los toreros, banderilleros y picadores. Recuerdo,

siendo muy pequeño, celebrar y festejar la cogida a un torero a grito pelado, levantando los brazos y haciendo los mismos gestos con el puño cerrado que un futbolista puede hacer al marcar un gol en una final. Supongo que no debería de alegrarme del mal ajeno, de que una persona pueda ser herida o incluso muera en el ruedo, pero por aquel entonces me sentía así. Los toreros saben bien a lo que se exponen, el toro, no tanto. Aunque, como os decía, lo que está claro es que no está bien alegrarse del mal ajeno.

También recuerdo, en mi época de adolescente, ser partícipe en las fiestas taurinas de los pueblos, esas que se suelen hacer en verano en las que se realizan encierros por las calles. Los típicos en los que montan un circuito cerrado con barreras donde sueltan a las vaquillas y a los toros. Me visualizo corriendo delante de la vaquilla. En mi mente veo como los más valientes hacían recortes y esquivaban a los morlacos cuando éstos se les acercaban. En el fondo, lo que esperaba era ver cómo una vaquilla pillaba a alguien o, al menos, ver cómo le daba un buen susto a cualquiera que pasara cerca de ella. Alguna vez el susto me lo llevé yo, quizás era merecido.

La doble moral.

Si me paro a recordar mi infancia con gatos observo alguna diferencia pero también alguna similitud (Similitud en cuanto a sufrimiento).

De pequeño tuvimos en la casa del pueblo unos gatitos de color blanco y naranja. Mis hermanos y yo les dábamos de comer en el corral de la casa hasta que crecieron un poco. Su instinto era de independencia total, gatos callejeros. Muy pronto, dejaron de hacernos caso. Entraban y salían cuando querían. No recuerdo muy bien si al final los dimos a alguien o sencillamente se sintieron tan libres que hicieron su propia vida por los corrales vecinos.

Volvamos a mi adolescencia. Otro recuerdo que tengo, del cual tampoco me siento muy orgulloso que digamos, es el de las típicas noches aburridas con los amigos. Siempre hay uno que es más tonto que nadie y envalentona al resto. Yo no era ese tonto, aunque eso no me hacía ser listo precisamente. El capullo del grupo decía “—¡A por gatos!” Y allí íbamos todos, como auténticos gilipollas detrás de los gatos. Cuando veíamos uno lo acorralábamos, ya fuera en un patio o debajo de un coche. Imagínate la cara de pánico del pobre animal, rodeado por 10 imbéciles. Le hacíamos salir de su escondite e intentábamos darle una patada antes de que se fuera. Nos parecía de lo más divertido. Ahora mismo, me parece un acto muy cruel. Lamentable actitud.

Quitando esto, el resto de recuerdos que tengo de los gatos son bastante positivos. Recuerdos en donde veo gatos que son mimados de una manera infinita llevando vidas de auténticos reyes, sin preocupaciones, durmiendo 15 horas al día sin pensar dónde cazar su comida. Durmiendo con sus amos mientras éstos les rascan la tripa y acarician el lomo. Dicho así no suena tan mal.

En la infancia tenía la conciencia suficiente para pensar que maltratar a un toro y humillarlo hasta su muerte era una barbarie absoluta y, sin embargo, como ya os he dicho, disfrutaba siendo partícipe de otros festejos taurinos (en donde los animales también sufren), cazando lagartijas, matando insectos e incluso pateando gatos.

La doble moral, otra vez.

Es parte del aprendizaje humano cometer errores y aprender de ellos. Ahora no me veo capaz de hacer ninguna de estas cosas como participar con la lacra de correr en pequeños encierros o patear gatos. El ser humano sigue haciendo muchas cosas abusando de su condición humana por el simple hecho de estar en la cima de la cadena alimenticia. Por suerte, hay muchas personas que intentan minimizar el impacto humano en el resto de especies en la medida de lo posible. Pero ¡No sufráis! la naturaleza, que es savia y con un poder infinito, nos pondrá a cada especie en su lugar. Aunque esto es otro tema y llevará su tiempo.

Volvamos a nuestro tema.

La imagen del toro con España está hermanada. Digamos que es uno de los símbolos de nuestro país, un estereotipo muy marcado por muchos años de tradición y por una cultura en la que el festejo taurino tiene mucho peso. Los españoles somos de blanco o negro, de izquierdas o derechas, del Real Madrid o del Barcelona, y, como no podía ser de otra manera, de “toros sí” o “toros no”.Encontrarás a personas que amarán con devoción el mundo taurino, que te dirán que el mayor tributo que se le puede hacer a un toro es tratarlo de esa manera, con honor y respeto, torearlo esperando que sea lo más bravo posible. Eso sí, sin mencionar todo el miedo que infligen a los animales. Sin mencionar como, antes de torearlos, los tienen encajonados para debilitarlos, hacerles perder fuerza, haciéndoles sufrir y haciéndoles sentir miedo. Tampoco mencionan cómo se les golpea con sacos de arena por el cuello, riñones y testículos para que salgan al ruedo enrabietados. Y tampoco te dirán que les recortan los cuernos y les tapan los ojos para aturdirlos aún más si cabe. Es sólo un resumen de lo que ellos entienden por “honor y respeto”. También encontrarás la otra vertiente anti-taurina que ve todo como una auténtica aberración. Jamás asociarán el termino “fiesta” con los toros, más bien lo tildarán de maltrato o crimen.

No te quiero convencer de estar de un lado o de otro. La elección es tuya. Pero, si te pregunto si preferirías ser un gato o un toro, pertenezcas al grupo taurino o al grupo anti-taurino, seguramente ahora responderías que prefieres ser un gato y, con suerte, tener una vida apacible con tu amo, ronronear mientras te rascan la tripa y teniendo como única preocupación el esperar el momento en el cual te van a dar de comer.

Hay que ser muy valiente para querer ser un toro y salir a un ruedo, recibir banderillazos o sentir cómo el picador clava su lanza en tu lomo con todas sus fuerzas, sabiendo que la muerte es cuestión de tiempo donde lo mejor que te puede pasar es que el torero no falle en su estoque final a la hora de incrustar su espada en tu torso, espada de más de medio metro de longitud, atravesando todo tu cuerpo.

Creo que sigo queriendo ser un gato.

Y, por otro lado, tenemos esas entrañables mascotas que nos acompañan ya desde hace muchos años, los gatos. Se han convertido en una de las mascotas preferidas para el hombre. Suelen estar domesticados. Por suerte algunos aún conservan su esencia pura y profunda. Esa esencia felina, majestuosa de espectacular belleza y elegancia. Los gatos privilegiados aún tienen la posibilidad de medio vivir en libertad y poder pasear por el barrio si su amo les abre la puerta de casa. Supongo que esto pasa más en los pueblos. Si un perro hoy en día ya piensa que vive bien… ¡Imagínate un gato casero!
Los que viven en casa tienen todo lo que necesitan. Tienen su terrario donde mean y cagan. Tienen su cuenco para la comida y su cuenco para el agua. No tienen ningún trabajo que hacer, ni siquiera vigilar la casa, para eso prefieres a un perro. Tienen mil sitios que arañar para refrescarles la memoria de que pertenecen al mundo de las zarpas. Tienen mesas donde subirse para no quedarse inválidos por no ejercitar sus patas y hasta suelen tener amos que, si con suerte son personas normales, los miman para que no se sientan tan solitarios terminándoles de matar todo o el poco instinto felino que les quedaba. Sí, si eres un gato de esos ¡Mola! o no, no mola, porque en realidad, de gato no tienes nada.

Y si pensáis que perder la esencia de lo que tú eres es lo único doloroso de todo esto os equivocáis. Hay más.

Alguna vez escuché que entre los no gatos, los caseros digo, existe el llamado síndrome del paracaidista.
Muchos se caen desde los balcones o ventanas, por eso el nombre del síndrome. Me pregunto qué culpa tendrá un gato de que una persona que vive en un quinto piso lo haya adoptado de mascota. Quizás si te parases a pensar que la naturaleza de un gato es ser libre y saltar o curiosear no tengas un gato como mascota. También he escuchado que los gatos son propensos a contagiar enfermedades graves porque siempre están cazando, desde insectos a ratones… que si son de mal augurio (pobre de ti si eres un gato negro), que si dañan la salud de los menores… en fin, muchas cosas que no les hace tener la mejor de las famas haciendo que muchos de ellos sean abandonados por sus dulces amos que en un principio se encapricharon de ellos.

Y ¿Qué me decís de la cantidad de hembras que se esterilizan siendo crías y los machos que se castran al día? Os asustaríais si supierais las cifras. Para que entendáis el termino castrar (y te pido que hagas el esfuerzo de ponerte en la situación y lo imagines) no es otra cosa más que rajarte las pelotas y arrancártelas o mutilarte los ovarios, dejándote inutilizado a nivel sexual, sin apetito ni deseo, ya que se reduce drásticamente la producción de hormonas destinadas a esa función, y, en definitiva quitarte la posibilidad de reproducirte.

Que sí, que ya lo sé, que seguramente me digas que es más sensato tener a un gato castrado que 9 crías cada dos por tres. Pero tú bien que follas y no te castras. Quizás sea más sensato no tener una mascota si no eres capaz de controlar su naturaleza. Quizás sea mejor no jugar a ser Dios. Quizás… pues eso.

El gato de compañía encarcelado, un animal que añora la libertad o, igual no, porque no sabe lo que significa en realidad lo que es ser un gato. ¿Habrá perdido ese instinto? Ese gato que vive encerrado en una casa sin jamás dar un paseo, sin saber lo que es el sol o una brisa al aire libre. Un animal que se pasa horas y horas a solas en casa esperando a que llegues del trabajo porque eres el único ser viviente con el que va a compartir su vida. Y, ojo, seguramente si amas a tu gato me dirás que tampoco es para tanto, que ser gato tiene muchas cosas buenas y muchas ventajas. Que no es comparable a lo que se les hace a los toros. Qué al menos tú no le haces sufrir (o eso crees). Y ya, si eres anti-taurino hasta te escandalizarás por esa fiesta nacional tan repugnante y gritarás sin dudar que son todos unos asesinos cuando, al cambiar el canal de tu televisión, ves una corrida de toros mientras acaricias a tu gato castrado que no tiene ni idea de lo que es la libertad ni el sexo, pero a ti te da igual porque ronronea mientras le rascas las tripa y piensas que por eso él es feliz.

Tampoco te voy a pedir que cambies tu forma de pensar respecto a los gatos o mascotas en general. No te voy a pedir que dejes de castrar a tu gato o, directamente no tengas uno. No quiero que cambies tu forma de pensar porque esa es tu elección al igual que puedes elegir ser taurino o anti-taurino. Y puedes criticar al torero que se burla de uno toro pero recuerda que tú también lo haces de tu mascota. A mí me llevó unos días el saber que no está bien patear gatos o cortarles la cola a las lagartijas por no hablar de la explotación que sufren miles de especies a nuestra costa por absoluto capricho, aunque, de ello ya hablaremos en otro momento. Hay otras maneras de divertirse sin joderle la existencia a otro animal. Qué maravillosa es la doble moral humana.

Ya no tengo tan claro que quiera ser un gato.

duda-perro

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