¡Gracias fútbol!

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El fútbol es pasión.

Del fútbol se dicen muchas barbaridades. Desde que es un deporte de borregos al clásico “pues no sé qué gracia tiene ver a 22 tíos (o tías) corriendo detrás de un balón”.

La magnitud que engloba este deporte está por encima de la de cualquier otro. El fútbol actual y moderno es una mezcla de fama, dinero, fanatismo, intereses y política (entre muchas otras cuestiones) donde los padres buscan que sus hijos sean las nuevas súper estrellas del futuro para que puedan forrarse, los radicales se camuflan y se esconden entre la multitud para llevar a cabo sus cometidos y los políticos y gente de dinero intentan manipular a las masas a su antojo para su beneficio personal.

Queramos o no es de interés general. He escuchado muchas veces que si nos quitaran el fútbol la gente se echaría a la calle y protestaría más que por cualquier otra circunstancia. Para lo bueno, calles que consiguen abarrotarse con la victoria de un equipo o de una selección y así festejar el triunfo. Los detractores del deporte siempre verán esto como algo lamentable deseando que ese fervor fuera el mismo para otras situaciones, que consideran más importantes, y no entienden que, detrás de todo esto, hay una filosofía y modo de vida.

Pero yo no quiero hablarte de esas cosas. No quiero hablarte de si es mejor un equipo u otro ni tampoco un jugador u otro. Quiero hablarte del fútbol de verdad, de nuestro fútbol, del que tú y yo jugamos. Tu fútbol y el mío. Del fútbol de la calle, el fútbol de barrio y el fútbol de los amigos.

Seguramente tu historia o la mía nunca saldrá en los periódicos. Nunca nadie sabrá cuántas asistencias hemos dado ni los goles que hemos marcado o evitado. Tampoco los kilómetros recorridos en un partido o las veces que hemos chutado al poste.

Miro hacia atrás y, desde que nací en 1979, veo que en todas las etapas de mi vida puedo encontrar un balón. Es posible que a ti te pase igual. Recuerdo que el mejor regalo que un niño podía recibir para su cumpleaños o por Navidad no podía ser otro más que un balón y no una videoconsola como sucede hoy en día. Estábamos acostumbrados a jugar en el patio del colegio con bolas que nos hacíamos de papel de plata o con latas de refrescos. Cuando teníamos un balón, más si era de reglamento, era todo un auténtico lujo y lo exprimías hasta el límite. Lo peor que te podía pasar era perderlo o que se pinchara. Ahí se acababa el mundo o tu existencia.

Partidos interminables en las travesías del barrio, partidos en los parques llenos de piedras donde tus rodillas acababan ensangrentadas, partidos en la orilla de la playa, partidos entre dos coches, partidos en el pasillo de tu casa, partidos y más partidos. Competitividad sana por aquello de “el que meta el último, gana” porque el fútbol de calle tenía sus propias reglas (para los nostálgicos en Internet podéis encontrar unos cuantos post que hablan de ello).

Era impensable no querer jugar en un equipo. Y perteneciendo a un equipo empezaban las ganas (de verdad) por superarte. Competías contra el resto de equipos pero también por un puesto. Y, poco a poco, se inculcaba en ti una manera de vivir, de practicar deporte de forma continuada., sana y al aire libre.

Llegaban las victorias, que las celebrabas como si hubieras ganado la copa del mundo, y las derrotas, que eran auténticas decepciones donde no había manera de consolarse. Ibas a entrenar con tu equipo pero seguías jugando horas y horas en el polideportivo o parque de tu barrio. Y, por supuesto, cada niño elegía un equipo profesional al que animar con sus respectivos ídolos.

Para mí, que cambié hasta 3 veces de colegio cuando era pequeño, el fútbol se convirtió en el mejor método para conocer amigos. Cada vez que llegaba a un sitio nuevo sólo tenía que ir a buscar un lugar donde alguien estuviera jugando a fútbol. La fórmula era fácil. Balón de fútbol = a amigos.

Jugando tantos partidos llegaban muchas lesiones. Esguinces en los tobillos y rodillas, rotura de algunos huesos de los pies, manos, tabique nasal roto y desviado, rampas, ligamentos rotos, alguna lesión realmente grave de esas de estar más de 1 año sin andar…

Además de las lesiones también llegaban muchas decepciones por no llegar a la final del torneo en el que participabas, por fallar un penalti en la muerte súbita, por ser suplente cuando creías merecer mejor suerte, enfados y piques innecesarios con compañeros y rivales…

Y, a pesar de todas las lesiones y decepciones, uno se mantenía fiel a su deporte y seguía jugando. Porque tirar la toalla en el mundo del fútbol es muy difícil.

El fútbol tiene tanta fuerza que no ha habido nada que me haya hecho superarme en todas las adversidades como lo he hecho con el fútbol. Podía ser muy grande la tristeza pero tú querías echar un nuevo partido. Daba igual si tenías la pierna escayolada que seguías queriendo jugar.

A medida que yo crecía la competitividad también lo hacía y se hacía más intensa. Intentar triunfar era más un sueño que una realidad. Además, estaba ya en esa etapa en la que me apetecía más salir de fiesta o quedar con chicas dejando mi afición en un segundo plano.

Siempre me consideré un jugador de equipo, con cierta calidad para tocar el balón con ambas piernas y desequilibrar. Pero en el mundo del fútbol, del que os hablaba al principio, es muy difícil triunfar. Sin embargo, si tú eres de los que jugabas, te divertías y amabas el fútbol te puedo decir que has triunfado.

El amor por el fútbol, como cualquier otro amor, tiene sus altibajos pero, aún con ellos, sigues queriendo jugar y, aunque tu nivel baje considerablemente con el paso del tiempo, no puedes dejar de hacerlo.

Es por eso que cuando ya no estés para competir decidas jugar tus pachangas de fin de semana, partidos de fútbol 7 con los amigos o torneos de barrio como hago yo donde tu cabeza te pide hacer un recorte pero tus piernas tardan esos segundos de más que hacen que te quiten la pelota. Y piensas “—Joder, hace unos años funcionaba.” Pero ya no funciona más. Quizás sólo sea la mejor de las excusas para tomarte unas cervezas con tus amigos después del partido pero, como ves, el fútbol seguirá presente.

Y ahora, que me he dedicado en mis últimos años a viajar por el mundo, después de vivir en unas cuantas ciudades y varios países sigo con la misma fórmula de cuando era un crío: Balón de fútbol = a amigos. Volví a mis orígenes de acudir a un parque con una pelota (o sin ella) con la esperanza de encontrarme a gente corriendo detrás de un balón. ¡La formula sigue funcionando! Sólo que ahora no juegas con niños, juegas con adultos de todas las edades, cada uno de su padre y de su madre, llegados de cualquier rincón del planeta, pero todos ellos comparten la misma afición que tú. Y no importa si no hablas el mismo idioma porque el fútbol no entiende de idiomas ni de razas.

Gracias al fútbol he conocido a muchos de los amigos que incluso hoy en día mantengo. Amigos con los que he compartido miles de vivencias y anécdotas. Gracias al fútbol he viajado a muchos pueblos, muchas ciudades e incluso países. Cuando he vivido en otros países el fútbol me ha ayudado a encontrar mi momento de desconexión. He jugado contra gente de todas partes del mundo con sus diferentes culturas e ideas y a muchos de ellos los he visitado en sus respectivos países y, lo gracioso es que, todo empezó porque un día coincidimos en un parque con una pelota.

Personalmente siempre he disfrutado más jugando un partido que viéndolo por la tele. Para los que critican a los forofos que siguen a su equipo, no estaría mal recordarles que igual, todo ese sentimiento que tienen como aficionados es el sentimiento que tenían cuando jugaban. Y toda esa pasión se transmite a la hora de animar porque cuando juega tu equipo de la tele o tu jugador favorito es como si lo hicieras tú. El fan anima por la pasión que siente y no por dinero. El fan es fiel y no entiende de cambio de chaqueta. El fan sufre incluso más que el propio jugador y el fan hace un esfuerzo, tanto económico como de su tiempo, por seguir a su equipo. Quizás el fútbol moderno sea un circo y estés en contra. Quizás, tú que criticas el fútbol, no seas fan de nada. Quizás no lo hayas practicado nunca. Quizás tus aficiones no sean mucho mejores (si las tienes) o quizás no entiendas nada de lo que es una filosofía de vida y de los valores que te aporta como la amistad, la superación, el amor al deporte, el esforzarte, el no rendirte….

Al buen aficionado de este modo de vida no se le puede criticar.

¡Viva el fútbol!

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