La Rosa

in Cuentos por

El pequeño estaba jugando en el jardín de la casa mientras sus padres terminaban de hacer la mudanza. Tenía ese espíritu aventurero que todos los niños tienen. Ese sentimiento de libertad y esas ganas por descubrir un nuevo lugar. Sus padres nunca habían tenido una casa con jardín y nunca habían vivido alejados de la ciudad. Se sentía totalmente ilusionado por tener un lugar donde jugar al aire libre. Rápidamente, este jardín se convirtió en su lugar favorito de la casa. La valla que rodeaba el jardín tenía una puerta que se abría haciendo un ruido extraño. Le encantaba abrirla y cerrarla (los niños se divierten con cualquier cosa) y, desde allí, contemplar un camino misterioso que en esa puerta empezaba.

“—¿dónde terminará este camino? —se preguntaba.”

Su madre ya le había advertido varias veces que nunca se alejara del jardín. Pero la curiosidad de un niño es mucho más grande de lo que un adulto pueda imaginar.

Así fue, animado por su curiosidad, como nuestro pequeño aventurero decidió un día adentrarse en lo desconocido.

El camino era estrecho y de tierra, rodeado por árboles en ambos lados. Con cada paso que daba podía imaginar la cabaña en la que viviría y los animales a los que conocería. En tan solo unos metros se había cruzado con un conejo, varias ardillas y todo tipo de insectos y pájaros. Después de varios minutos andando escuchó lo que parecía la corriente de un río. Por la emoción, corrió a toda velocidad para llegar al deseado caudal con tan mala suerte que tropezó con una piedra, cayendo al suelo haciéndose varias heridas en las rodillas y manos. Fue, entonces, cuando se encontró con ella.

Allí estaba ella, marchitada y triste. Alejada del sol sus pétalos carecían de color. Todos esos árboles grandes le impedían disfrutar de la brisa, de la luz y de los atardeceres.

“—¿Te has hecho daño? —preguntó la rosa.”

El niño respondió con total naturalidad, sólo como los niños pueden hacerlo sin extrañarle que una rosa le hablara.

“—Creo que estoy bien. Sólo ha sido un golpe.”

“—Has tenido suerte al no tropezarte conmigo. Estoy llena de espinas. —replicó la rosa.”

El niño observó la rosa y se dio cuenta que su tallo era más oscuro de lo normal y que, éste, estaba lleno de espinas.

“—Tú también has tenido suerte. Soy mucho más grande que tú y podía haberte hecho mucho daño. —susurró de forma suave mientras se levantaba para luego sentarse a su lado.”

“—Entonces, ninguno de los dos estaríamos hablando ahora. Por cierto, ¿dónde ibas con tanta prisa?”

“—Creo que hay un río muy cerca de aquí. Me gustaría encontrarlo. ¿has visto este río?”

“—Soy una rosa. Las rosas no podemos andar. Además, me daría miedo vivir cerca de un río. Desde aquí puedo escuchar el ruido del agua y me asusta no poder vivir tranquila si estuviera más cerca.”

“—¿Y te gusta vivir aquí?”

“—Creo que me he acostumbrado a vivir aquí… —la rosa hizo una pausa— Bueno, no te entretengas más, es hora de encontrar ese río.”

El niño se levantó de un salto emocionándose de nuevo por saber que encontraría el río y siguió por el camino. Al poco de caminar, justo donde se terminaban los árboles empezaba un prado y, allí, encontró un riachuelo.

“—¡Piratas! —gritó el pequeño.

Corrió de nuevo para alcanzar la orilla, recogió una piedra del suelo y la lanzó al agua. Sólo los niños son tan felices con tan poco.

El sol empezaba a esconderse así que decidió volver a la casa. A su vuelta se cruzó con la rosa. Parecía más acurrucada que antes. Quizás por miedo a la oscuridad, quizás por el frío o, quizás, por la falta de luz. Estaba encogida y sus pétalos miraban hacia el suelo. Por unos segundos el silencio se apoderó de ambos. No se escuchaban a los pájaros cantar, no se oían los pasos que pisaban las hojas caídas de los árboles y tampoco parecía que el agua del río estuviera en movimiento. Sin saber muy bien el motivo, el niño se sintió triste y regresó a casa olvidando dónde iba a construir su cabaña, olvidando a todos los animales que había visto y olvidando a esos piratas que querían llegar desde el agua hasta la orilla.

Al día siguiente el amanecer fue idílico. Los pájaros con su canto habían despertado al pequeño. Era un día muy soleado. En la cocina desayunaba la familia. Los padres parecían muy enamorados. Llevaban poco tiempo en esa casa pero se sentían como si ésta siempre hubiera sido su hogar.

“—¿Puedo ir a jugar al jardín, mamá? —preguntó el niño a su madre con una gran sonrisa y enseñando el tazón de cereales vacío.”

“—Claro que sí, cariño.”

Sus ojos transmitían entusiasmo. Allí estaba él, dando vueltas por el jardín mientras buscaba algo. Fue entonces cuando encontró un cubo entre dos plantas.

“—¡Bien! —exclamó.”

Tan rápido como pudo se acercó al grifo del agua y cogió la manguera. Llenó el cubo con toda el agua posible y, muy lentamente, se dirigió a la puerta que hacía ese ruido que tanto le gustaba. Pero, esta vez, la abrió muy despacio para que sus padres no le oyeran salir del jardín y la cerró con absoluto cuidado. Intentó no derramar ni una gota de agua. Su cara reflejaba concentración y seriedad. Y emprendió su camino.

Caminaba despacio prestando total atención a cada paso que daba. Se notaba que no quería tropezarse. Revisaba cada pisada para no tropezar con una piedra o para no enredarse con una rama. Seguramente el cubo era bastante pesado, pero lo sujetaba con fuerza. Después de unos minutos divisó a su nueva amiga, la rosa.

“—¡Hola! Te he traído un poco de agua.”

“—¡Vaya, qué sorpresa! Muchas gracias por el agua, la verdad que estoy deshidratada, hace tiempo que no llueve. —respondió la rosa irguiendo su tallo.”

El niño comenzó a regar a la rosa con mucho cuidado.

“—A partir de ahora te traeré agua cada vez que la necesites.”

“—Vaya… no sé qué decir… Es la primera vez que alguien hace algo así por mí. La vida aquí es dura. Todas las plantas luchamos por estar en el mejor lugar y aprovechar los rayos del sol. Ya casi no me quedan fuerzas porque, como ves, aquí no llega mucho la luz. —explicó la rosa con cierta tristeza— pero la verdad es que ahora estoy sintiendo mucho alivio. —acabando la frase con mucha más alegría.”

De esta manera. El niño cumplió con su promesa y cada mañana iba a visitar a su amiga con el cubo de agua. La regaba con mucho mimo. Se sentaba a su lado y hablaban cada vez con más complicidad y confianza.

Los días pasaban y, sin darse cuenta, los dos se sentían cómodos juntos. La rosa ya no parecía estar tan triste. Su tallo lucía un verde más brillante e incluso comenzaba a divisarse en él una pequeña rama con una hoja. Los pétalos oscuros poco a poco estaban recuperando un color más rojizo. Su fragancia cada vez era más pura e intensa.

Una mañana, después de regar la planta, el niño sacó de su bolsillo unas tijeras de jardín.

“—¿Es para esto para lo que me has cuidado? —preguntó horrorizada la rosa.”

“—¿Qué quieres decir? —respondió el niño muy sorprendido.”

“—Quieres cortarme y regalarme a alguien.”

Por un momento la rosa volvió a sentir todos los miedos que le habían acompañado durante tanto tiempo. La soledad y la desconfianza hacia los demás renacían en su interior. Antes de conocer al niño nunca había confiado en nada ni en nadie. A su lado tenía a todos esos árboles que no le dejaban ver la luz del sol y que bebían gran parte del agua cuando llovía. Muchos de los insectos que pasaban junto a ella querían devorarla o morder sus pétalos y su única defensa había sido crear una coraza de espinas. Recordó entonces lo duro que era cada día y lo poco que descansaba cada noche asustada en la oscuridad y sin apenas conciliar el sueño. Y, se percató entonces que, por unos días, todos esos miedos se habían esfumado. Pero, sintió rabia al ver esas tijeras.

rosa cortada

“—¿Cómo voy a cortarte y regalarte? ¡Claro que no! Sólo voy a podarte algunas espinas. Ahora ya no necesitas tener tantas. Hay que cuidar de las cosas que nos importan. Estarás más hermosa así.”

El niño, con mucho tacto, sujetó el tallo de la rosa para cortar las espinas.

“—Gracias por cuidarme. Estaba muy asustada. —admitió la rosa.”

“—Siento haberte asustado. —respondió el niño con una sonrisa mientras seguía cortando espinas.”

Su amistad era cada vez más entrañable.

“—He pensado que voy a llevarte a un lugar donde te pueda dar el sol.”

“—¿De verdad? ¡Eso sería maravilloso! —respondió la rosa totalmente entusiasmada.”

“—Sí, mañana vendré con una pala y un cubo y te llevaré más cerca del río, justo en el prado antes de llegar. No tengas miedo porque estarás lejos del ruido y podrás disfrutar del sol sin problemas. Y, además, la tierra allí es más húmeda por lo que nunca pasarás sed. ¿Confías en mí? —preguntó el niño.”

“—Sí, confío en ti. —respondió la rosa.”

Esta vez sí, la rosa tenía plena confianza en el muchacho. Unas semanas antes no hubiera podido imaginar que su vida podía ser tan diferente. Ahora sentía el cariño y afecto de alguien. Sentía que podía confiar en alguien y sentía una alegría inmensa por tener una amistad. Se había encerrado en sí misma durante mucho tiempo. Lo cierto es que nunca congenió con ninguna de las plantas vecinas. Nunca confió en ninguna de ellas ni tampoco en ninguno de los insectos que merodeaban la zona. Quizás era el momento de abrirse al mundo.

Por fin había llegado el momento.

“—No te preocupes, no voy a hacerte daño. —dijo el niño.”

Llenó el cubo con un poco de tierra y poco a poco fue desenterrando a la rosa. La colocó con absoluta delicadeza dentro del cubo y lo rellenó con más tierra para que ella no se sintiera insegura en su nueva aventura. Caminaba hacía el riachuelo cogiendo el cubo con las dos manos, abrazándolo. Podía sentir ese olor tan bonito que desprendía su amiga. Ella se sentía en sus brazos muy segura y feliz. Y él la miraba contento por verla tan fuerte y sana, desprendiendo su aroma y viendo la majestuosidad con la que se erguía en su tallo verde y lleno de vida.

A medida que avanzaban hacía el río ambos podían escuchar el agua correr. La rosa ya no parecía sentir miedo. Se sentía fuerte y poderosa y entendió que sus miedos eran fantasmas consecuencia de su inseguridad. Pero ahora, finalmente, sabía que no tenía que temer a nada.

Entonces, llegaron al prado, en silencio. El día era muy soleado. Estaban allí tan solo disfrutando el momento. La rosa pudo sentir por primera vez los rayos del sol con una ligera brisa y la alegría se apoderó inmediatamente de ella. Luz divina e infinita. Sus pétalos se abrieron automáticamente y se cargaban de vida y energía.

El niño divisó el lugar perfecto para su nuevo hogar. Había encontrado un grupo de flores muy bonitas no muy lejos de la orilla del río. La tierra parecía muy fértil y los diferentes colores de las plantas regalaban una bonita vista para quien las contemplara.

“—Éste será tu nuevo hogar. —le dijo el niño a la rosa.”

Allí estaría rodeada de otras flores y no había nada que le impidiera disfrutar del sol. Podría disfrutar cada día de los amaneceres y de los atardeceres. Su entornó sería mucho más agradable y tranquilo. Su estado de ánimo había cambiado y eso se reflejaba en su confianza. Por fin se sentía plena y feliz.

Poco a poco la fue colocando al lado de las otras flores. Rellenó todos los huecos a su alrededor con más tierra.

¡Qué hermosa estaba y qué hermosa se sentía!

Y Allí estaba él, cuidando y mimando a la rosa una vez más.

Y allí estaba ella, sintiendo el cariño de nuevo y olvidando los miedos que tanto le asustaban.

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