Pantalones imperfectos

in Cuentos por

La primera sensación al verlos fue de alegría sabiendo que iban a encajar perfectamente en mí.

Era justamente lo que necesitaba para mis mejores galas. Presumir de curvas y de buen gusto. A todos nos gusta presumir de algo.

Me imaginé a la gente observándome pasear con ellos, caminando sonriente, a cámara lenta y con orgullo.

La primera impresión me cautivó. De tacto suave, supieron encandilarme con todos esos buenos atributos. A simple vista todo era genial. Nada que reprochar. Todo eran ventajas. Perfectas sus medidas. Ni demasiado largos ni demasiado cortos. Ni anchos ni estrechos. Estábamos hechos el uno para el otro.

Adquirirlos no supuso un gran esfuerzo. Mi gran sonrisa al encontrarlos me auto convencía que serían míos.

El precio a pagar era lo de menos porque lo que me importaba es que eran bonitos, finos y con textura impecable… ¿Qué más podía pedir?

Al principio salía a pasear con ellos sintiéndome una persona protegida, completa, nueva y regenerada, con vida.

No era una cuestión sólo de estética. Hacíamos buena pareja y eso me gustaba. Éramos uno sólo. La misma cosa, la misma persona y nuestra media naranja.

Cedían por mí o daban lo mejor de sí para que sintiera la comodidad que sólo se siente cuando encajan a la perfección. Porque eso es lo que éramos, un perfecto matrimonio. Me esforzaba para mantener mi línea haciendo deporte y comiendo todos esos alimentos sanos que nunca había probado sin desmerecer así su tan meritorio trabajo.

Sentía las ganas de disfrutarlos todos los días.

Los días soleados le favorecían porque resaltaban su color a nuevo e impoluto. Los lavaba con mino y los secaba en su justa medida para no maltratar el tejido que requería toda mi atención y cuidado.

En los días nublados podía notar cómo todo el mundo nos miraba porque brillábamos con nuestra propia luz y eso sacaba mi lado más presumido, haciéndome sentir importante.

Los días sin ellos puestos, definitivamente, no eran lo mismo y mi alegría se desvanecía por momentos al pensar lo bonitos que eran y lo mucho que los echaba en falta cuando no los usaba.

Comenzaba a sentirme en un mundo de fantasía donde el entorno no me importaba porque sólo tenía fijación por una cosa. No podía ver ni brujas ni hadas, ni monos parlanchines ni hombres de hojalata. No escuchaba y no veía. Aunque, eso sí, creía sentir. Lo que no sabía si era un sentimiento real o más propio del mundo de Oz.

Pero con el paso del tiempo las cosas cambiaron.

Tanto uso continuado, tanto secado y tanto lavado innecesario empezaron a dañar nuestra simbiosis.

Donde antes se veía luz y color ahora se veían trozos deshilachados y rotos, agujeros llenos de nada.

Donde antes se veía sonrisa y orgullo por lo material ahora se veía vergüenza y resquemor, repulsa al pensar que la estética podía durar para siempre y decepción por no darse cuenta antes de que eso no era así.

En esta relación, cada vez más quebrantada, no resultaba tan divertido compartir nuestro tiempo.

Para todas las cosas importantes rechazaba la idea de vestirlos. Solamente la necesidad del momento me hacía buscarlos en el fondo del armario. Aunque, por alguna extraña razón me sentía reacio a deshacerme de ellos.

Ahora, sin embargo, cada vez que abría el armario, creía ver dentro de él brujas y hadas que discutían entre ellas, me parecía oír monos parlanchines hablando con hombres de hojalata y todo lo que no escuchaba ni veía antes me hacía pensar que ya no sentía lo mismo.

Los pantalones no podía dar más de sí. Nunca prometieron ser más de lo que eran, ni durar más de lo que podrían hacerlo. Tampoco sabían que, siendo solo un trozo de tela, su condena era caer en el olvido y en el ostracismo y jamás hicieron nada por evitarlo al vivir en la ignorancia al vivir en su propio mundo de Oz.

Pero, no menos ignorante fui yo por haber seguido el camino que todo el mundo sigue. Por comprar algo que realmente no necesitaba y por pensar que estaban hechos para mí. Por hacer tanto esfuerzo inútil por algo que, en el fondo, no merecía la pena. Por darle un uso indebido y por, después, olvidarlos sin más.

Qué imperfectos eran. Qué imperfecto soy.

 

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