Políticos y mierdas de perro

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Deja que te cuente que soy una persona a la que le encanta pasear a mi perro. Bueno, en general me gusta pasear a perros. Esto le viene muy bien a mis amigos que siempre me encasquetan a sus mascotas cuando se van de viaje y esas cosas.

Mi perro se llama Max. Es un chiguagua de esos pequeños que cariñosamente apodo “Little Cow” porque su pelaje es del color de las vacas lecheras.

Le veo muchas cosas positivas al hecho de pasear a perros aunque, hoy, me gustaría centrarme en el gran inconveniente que esto conlleva.

Sin ninguna duda lo peor de pasearlo es el hecho de tener que recoger sus heces.

Sobre esto cabe aclarar que hay dos tipos de personas. Las primeras son las que pasean a sus perros con bolsas de plástico y recogen las caquitas como buenos samaritanos. Las segundas son aquellas que no conocen lo que significa llevar una bolsa perruna ni les importa lo más mínimo.

Los perros tienen esa buena energía especial que hace que por ellos, si eres de los que sale a la calle con bolsas, recojamos sus excrementos con una naturalidad pasmosa.

Sí, si eres de las personas que decide que el pastel recién sacado del horno de tu animalucho no debe ser pisado por nadie o no quieres que se quede al sol mientras se diseca con el paso de las horas juegas en mi equipo. Creo que somos un poco raros porque con esta acción vamos un poco en contra de la naturaleza.

Si lo piensas bien los perros tienen que flipar al vernos recoger sus creaciones. Allí está tu perro arqueando su espalda mientras pone caras de circunstancias…

En serio, fíjate en su mirada la próxima vez que cague. Es una mirada de esfuerzo que, a la vez, se pierde en el limbo. Sigamos. Como te decía… ahí está tu perro apretando su recto e imaginando que va a hacer una gran obra de arte marcando el territorio para que, al rato, sea olisqueada por más cuadrúpedos que con su olfato potente localizarán tan valioso regalo y, tú, el cortarrollos de turno, te precipitas con tu bolsa de plástico hacia tan preciado deshecho disipando toda la ilusión de tu pobre animal que creía podía conquistar el mundo con su olor aunque, en realidad, tan solo pierde la oportunidad de ser el amo y señor de la manzana por la que siempre lo paseas.

Lo que yo te diga, tu perro tiene que flipar:

—Ya está otra vez este humano recogiendo mi mierda.—

¿De quién sería la brillante idea de recoger la mierda de los demás?

Aunque para perros ponedores de suculentas mierdas de tamaño infinito nuestros políticos. Son muy perros. Muy, muy perros. Y cagan y la cagan la mar de bien. Estos ni siquiera tienen que salir a la calle a pasear para dejar sus poderosas mierdas en todas partes. Sentaditos en sus oficinas lo hacen a las mil maravillas. Aiiissss…. Ojalá se quedaran en casa sin hacer nada. A ser posible sin respirar.

Sólo quiero que te imagines, por un momento, el placer que tiene que darle a esos políticos de mierda (y a todas esas personas que piensan igual que ellos) el saber que pueden cagar donde quieran, cuando quieran y encima de quien quieran sin la necesidad de tener que recoger su propia mierda porque ya somos otros los que hacemos ese trabajo a la fuerza y nos limpiamos como buenamente podemos. Sí, nos defecan en nuestra cara mientras ellos siguen de paseo por la vida, como hace tu perro cuando lo sacas, como si nada.

¡Qué gusto, eh!

Y sin remordimientos, una cagada detrás de otra.

Volviendo a la variedad de los tipos de personas, repito, por una parte tenemos a esas personas que tranquilamente les importa un carajo tener que recoger todas esas cagadas. Forman parte de que todo apeste ya que, con la decisión de salir a pasear sin las dichosas bolsas, participan y colaboran indiscriminadamente a que la peste politicobubónica se extienda por todos los rincones de nuestras calles. Son cómplices y, por desgracia, son la mayoría y que sepas que, éstos, nunca se olvidan de ir a votar. Después, estamos los que tenemos que recoger todas esas truñidas que dejan los demás. Queremos convivir en zonas alejadas de los males olores que son propensos al contagio de enfermedades y malestar.

No nos queda otra que tragar. O eso piensan.

Que el politicuho de turno roba dinero público en el ayuntamiento de tu pueblo… ahí estás tú con tu bolsa de plástico para limpiar la cagada y, de paso, pagar más impuestos gustosamente. ¡Eh, y ni se te ocurra protestar!

Que se recorta en sanidad y educación alegando que no hay dinero suficiente mientras otros se van de putas con las tarjetas de crédito y coches oficiales del gobierno… ¡No pasa nada! Ahí estás tú, otra vez, con tu bolsita de plástico agachado, exponiendo tu culo al mundo con un cartel que dice “¡Folladme sin vaselina por favor!” recogiendo mierda tras mierda.

Me pregunto ¿Qué pasará el día que no tengamos más bolsas o ya no nos apetezca recoger las cagadas de los demás?

Este hecho, el de recoger la mierda de los demás por si no te ha quedado claro todavía, se ha convertido en una rutina desde hace tiempo. En realidad yo creo que siempre ha sido así y se hace a cara descubierta de la misma manera que tú paseas a tu perro con la diferencia que él, lo único que quiere es disfrutar de tu compañía y ser el dueño de la manzana.

Por cierto, hora de pasear a Max.

¿Qué os parece? ¿Es hora de parar de recoger las mierdas que dejan otros o vamos a seguir con esta maravillosa rutina de por vida?

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