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cariño

El puente

in Cuentos por

Y allí, al fondo, se iban acumulando todas las almas en forma de luz blanca amarillenta.

Todas tenían que hacer la misma cola para pasar por aquel puente. Ninguna conocía la existencia de esta plataforma porque, desde muy pequeñas, a cada una de esas almas les había contado un cuento diferente sobre lo que pasaría cuando llegara este momento. Unas creían en la idea de subir al cielo, otras en la idea de caer al infierno, muchas no creían en nada.

La realidad era otra.

De forma instintiva hacían la cola de manera sepulcral y siempre en la misma dirección. Nadie les decía por dónde tenían que ir y, sin embargo, todas obedecían al mismo patrón de seguir unas a las otras.

Entonces, se paraban en seco cuando llegaban al puente. Se paraban porque no sabían qué les esperaba y ese puente, de aspecto mitológico, infundía respeto. Delante de ellas se asomaban los primeros peldaños. A unos metros de distancia el puente desaparecía y se perdía en el infinito.

El puente tenía un aspecto muy antiguo. Estaba hecho de madera que parecía carcomida y las barandillas eran unas cuerdas enredadas a modo de trenzas con su única finalidad de evitar que las almas se salieran por los costados. Muchos de los peldaños estaban rotos y otros ni tan solo parecían haber existido. Seguir Leyendo

Ella, el hada madrina

in Cuentos por

—Mami, voy afuera al porche a jugar con Chicho. —dijo Anisa mientras acariciaba a su perrito que sostenía en brazos.

—Está bien cielo, pero no tardes mucho, dentro de poco anochecerá y la cena estará lista pronto. Cuando papá termine de ducharse cenaremos. —contestó su madre mientras caminaba hacia la cocina.

Anisa era una niña de 6 años risueña y feliz. Sus ojos eran grandes y brillantes, de color miel. Le gustaba mucho jugar con su perro Chicho, un perro salchicha de color marrón que apareció un día misteriosamente en la casita del lago donde veraneaba. Desde el primer día Anisa y Chicho conectaron. Iban juntos a todas partes. Jugaban, corrían y cazaban insectos. Chicho era toda un experto encontrando lombrices, grillos y saltamontes que Anisa recogía, con un cazamariposas o con las manos, para luego guardarlos en una cabaña donde los cuidaban y les daban de comer hasta que, felizmente, les dejaban marchar. Seguir Leyendo

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