Veni, Vidi, Vici

in Reflexiones por

Viajar siempre ha sido una de las cosas que más me han llamado la atención.

Al principio hacía viajes de mentiras. Mini viajes con el colegio a granjas-escuelas o zoológicos, escapadas con el instituto o viaje de final de curso para ver si te ligabas a la niña a la que nunca te habías atrevido a decirle nada durante el año o acampadas con amigos en plena adolescencia a zonas de playa y fiesta para intentar ligar con la guiri de turno.

Creo que son viajes más que necesarios que te ayudan a descubrir cosas.

También estaban esos viajes en los que visitabas una ciudad para recorrer todos sus rincones y hacerle fotos a los monumentos emblemáticos o a lugares más llamativos. Para eso ya están las postales. Y eso es lo que me pasaba, que me volvía a casa con cara de postal. Volvía a casa con la sensación de haber visto muchas cosas y de no haber conocido nada aunque, por supuesto, disfrutaba cada una de las escapadas que hacía. Además, cuando el lugar era de fuera de España tenía la limitación del idioma.

Qué decir tiene que siempre fui un cateto para los idiomas. No recuerdo haber aprobado un solo examen de inglés y si lo hice seguro que fue por mi virtuosismo para copiar y hacerme chuletas épicas y memorables. Se me daba tan mal el inglés como tan bien las chuletas. En mi primera prueba de inglés para determinar mi nivel saqué un 0’5 sobre 10. Lo recuerdo perfectamente. Me acababa de cambiar de un colegio a otro donde ya llevaban varios cursos con el inglés (6º de E.G.B. o 1º de la E.S.O. sería). El examen constaba de 10 dibujos. Estaban dibujados un gato, un perro, un niño, una niña, una casa… A mí me sonaba que “boy” quería decir “niño” así que tuve ese momento de brillantez que sólo los talentos con alto coeficiente intelectual pueden tener y decidí colocar dicha palabra debajo del dibujo del niño y, por si las moscas, también del de la niña ¡Vaya jugada maestra eh! Eso me garantizó al menos no tener un cero como nota. Y, créeme, si hubiera sabido alguna otra palabra como “dog, house, tree” (perro, casa y árbol respectivamente) hubiera hecho lo mismo con el resto de dibujos. Pero eso ya era pedir demasiado y no hubiera quedado tan divertido poner “dog” debajo del dibujo de la casa.

Al final pasaba lo que pasaba, que sacaba buenas notas en el resto de asignaturas y tu profesor o profesora de inglés entendía que no me podía hacer repetir curso por sacar un 3 en su materia. Las recuperaciones solían ser pachangas en las que inflaban la nota o en las que, durante los exámenes, los profesores miraban a otro lado cuando sabían de sobra que tenías el diccionario escondido debajo de la mesa.

Para mí era un sufrimiento seguir estudiando y no querer ni pisar la clase del idioma de Shakespeare cada vez que tenía que hacerlo. Mi inglés era extremadamente pobre pero entre pitos y flautas (y más viajes de mentiras) me di cuenta que yo quería aprenderlo.

Conseguí plantarme en la universidad con la ley del mínimo esfuerzo que no es otra que sacarle el mayor rendimiento a tu vagancia extrema. Sin tener ni puta idea ¡Claro! Como siempre me había funcionado copiar o caerle bien al profesor no había tenido la necesidad real de aprender el idioma. Pero en la universidad a los profesores se la pela si vas o no a clase. Y así pasa, se juntan todos los condicionantes para no ir a clase y más si la materia es el inglés. Terrazas en las que daba el sol todo el día, cafeterías donde los estudiantes bebían litronas y fumaban porros mientras jugaban a las cartas y, lo que más me gustaba a mí, hordas de mujeres en su pleno apogeo físico que competían entre ellas para ver quién era la más guapa de la cafetería, clase, biblioteca o universidad. Definitivamente, ese no era el mejor ambiente para aprender inglés.

 

Y, entonces, en mi tercer año de carrera, un día decidí que iba a empezar de cero y asistir a todas las clases de inglés del curso sin importar lo bien o mal que lo pudiera hacer, sin copiar, sólo con la idea de aprender y, de paso, socializarme con alguna empollona que estuviera medio bien y me ayudara a aprenderlo. La emoción del momento me duró… pues eso… más bien poco… o nada.

El primer día de clase empezó con la presentación de la profesora diciendo su nombre y todas esas cosas típicas de un primer día. Una vez terminó de hacerlo nos dijo que uno por uno íbamos a presentarnos diciendo nuestro nombre y primer apellido.

“—¡Me cago en la puta! ¿Por qué no podría apellidarme de otra manera? ¿Cómo se deletrea Tagliavacche en inglés…? —pensé.”

¿No os parece un puto lío decir las letras “a, e, i” en inglés? Empezaron mis cábalas en mi cabeza.

“—a en inglés se dice “ei”… mmm e es “i” entonces la i es “ai”… ¡mierda, estoy jodido!”

Y es que cuando tienes un bloqueo sobre algo, sobre lo que sea, el sufrimiento es intenso y te sientes inútil. Te sientes que vas a hacer el ridículo o que va a ser un momento vergonzoso. Y entonces, si se te enciende una bombilla en la cabeza, te das cuenta que has llegado a un punto en el que te gustaría haber aprendido algo y en realidad no has hecho nada para que así fuera. Y ese es el auténtico fracaso. Seguro que aquel día acabé deletreando algo así como “Tiglaebichi” o algo por el estilo y, si te digo la verdad, tampoco hay tanta diferencia respecto a como se pronuncia ya que no es especialmente sencillo. Por suerte, nadie se dio cuenta de mis errores al deletrear porque el apellido ya es de por sí un poco marciano.

Esto no podía seguir así. No paraba de decirme que si quería aprender un idioma, el que fuera, tenía que irme a un sitio donde se hablara de forma nativa.

Al principio siempre culpé al sistema educativo español. Lo tildaba de pobre para motivarnos a estudiar un idioma. La metodología ni me gustaba ni me atraía para querer hacerlo y nuca había tenido un profesor o profesora, salvo aquella profe del instituto que tenía unas tetas gigantes, que me motivara fielmente a querer entrar en clase. También buscaba otras excusas diciéndome que en España nadie habla inglés, que en la tele está todo traducido al castellano, los programas de radio que escuchaba (El larguero y poco más) son en español… En realidad, sigo pensando que todo esto tiene su parte de verdad, pero, como os digo, nunca hice el mínimo esfuerzo por aprenderlo por cuenta propia. No tenía mucha afición por leer libros en inglés y sólo lo hacía por obligación cuando lo pedían en clase. Traducía muy de vez en cuando las letras de mis grupos favoritos anglosajones. Tampoco veía series o películas en versión original, a no ser que fuera la típica descarga de internet de un vídeo pornográfico, pero, como sabéis (sí, vosotros también habéis descargado o visto en infinidad de ocasiones porno por internet) el diálogo no es lo más importante en ese tipo de cine.

Y entonces pensé en cómo podía combinar todas las inquietudes que tenía para aprender un idioma con mi deseo de crecer como persona y conocer mundo. La respuesta era fácil ¡Tenía que viajar! Porque siempre había querido viajar y vivir aventuras. Pero, ¿Cómo podía viajar sin tener un puto duro?

La vida del estudiante es una de las mejores etapas que hay y, en concreto, la vida universitaria considero que es totalmente fundamental y necesaria vivirla. Tampoco se puede decir cuando eres estudiante que te sobren los billetes o se te caigan al suelo las monedas cada vez que metes las manos en los bolsillos. Podías ir tirando con los típicos currillos de fin de semana en alguna bocatería y alguna discoteca para costearte tus salidas nocturnas sin abusar demasiado de tus padres. ¡Qué ironía! No tengo ni idea de cuánto dinero habré saqueado a mis padres, a lo largo de mi vida, para gastarlo en tonterías. Si me devolvieran todo el dinero que me he gastado en fiesta, alcohol o invitando a mujeres sin venir a cuento creo que podría comprarle un chalet en primera línea de playa a mis padres en Ibiza. Y menos mal que nunca fui de los de tomar drogas o irme de putas, porque entonces podrían ser un par de dúplex en vez de un chalet.

Mi capacidad para ahorrar siempre había sido nula y creo que eso retrasó mi idea de viajar a la aventura. Me había plantado en 3º de Turismo con 24 años con el deseo real de viajar desde los 18. Por aquel entonces, cuando tenía “diecipocos”, el destino que tenía metido en la cabeza era Australia. Me atraía la idea de poder irme al otro extremo del mundo. Un día se lo comenté a mi padre y su respuesta fue bastante cómica.

“—¿Tú quieres viajar? Pues hazte cura y viaja, hazte misionero”.

Creo que el hombre pensó “—Pero el niño éste cómo se va a ir solo a Australia?”

Ahora, con perspectiva y con el paso del tiempo, veo que todo esto de viajar a la aventura y a edades incluso más tempranas está más o menos instaurado. Pero, en su momento, no era tan habitual o a mí no me lo parecía. Por suerte para mi padre yo había encontrado el primer amor de mi vida por esas fechas y conseguí crecer como persona sin tener que mudarme a ningún país lejano porque el amor te cambia la vida y es lo más poderoso que existe.

A mis 24 años tenía claro que no podía retrasarlo más. Elegí como destino Italia. Sopesé la idea de aprender primero italiano por aquello de mi ascendencia sarda y porque así siempre tendría la necesidad de tener que aprender inglés. Pensaba que si invertía el orden y me iba antes a aprender inglés quizás nunca iría a Italia.

La idea era sencilla y complicada. Tuve la suerte de dar con una de las mujeres que más han significado para mí y que hicieron rebrotar muchos de los sentimientos que tanto cuestan que se despierten. Compartí con ella 8 meses llenos de alegría, sonrisas y buenos momentos. Seguramente fui muy injusto y egoísta cuando decidí marcharme. Pero, estoy tremendamente feliz que me animara a cumplir mis sueños y que, en contra de sus sentimientos, me dejara ir para viajar y crecer.

Para poder viajar con lo justo y conocer otros lugares tenía que irme y aprender a marchas forzadas el idioma, buscar un trabajo, asentarme y, entonces, cuando las circunstancias lo permitieran, realizar algún viaje de ocio y placer por el país. Una maleta llena de ilusiones, unos pocos euros y esperar que las cosas fueran bien. No te hace falta más e incluso es demasiado si lo comparas con otra gente que te encuentras por el camino que han llegado donde tú estás con muchísimos menos recursos o, sin nada, renunciando a absolutamente todo. Yo no le recomiendo nunca a nadie que viaje a lo loco, siempre hay que prepararse un poco las cosas, a ser posible hablar un poco el idioma, tener más dinero ahorrado y, por lo menos, un lugar donde quedarte a dormir. De ese viaje y experiencia en Italia podría contar mil anécdotas. Podría contar lo que me costó encontrar un alojamiento, la gente con la que me crucé, algunos sustos que tuve que vivir… lo típico cuando viajas.

Y es que a mí lo que me flipa de los sitios cuando llego es el típico “—¿Y ahora qué?”. El llegar y tener que empezar de cero. Buscarte la vida, buscar un trabajo, empezar a investigar la zona, gente, soltarte con el idioma…

Yo buscaba, sin ninguna duda, ese cambio brusco de “comodidad y facilidad” versus “espabila o te toca volver”. Es cierto que piensas que si todo sale mal siempre puedes volver, siempre tienes el apoyo de tu familia e incluso amigos que te pueden echar una mano. Y, joder, qué suerte tengo con mi familia. Mis padres, siempre lo digo, son mis auténticos héroes. Son los que han permitido que pueda hacer tantas cosas. Quienes me han dado una educación basada en la humildad, en los buenos valores, en la felicidad y en la alegría. Son quienes hacen posible mis viajes. Apoyan y respetan mis decisiones. Aguantan todos los disgustos que les doy. Son quienes me quieren tener cerca pero me dicen que si tengo que estar lejos para ser feliz que lo haga sin dudarlo.

Después de vivir en Roma una temporada vinieron unas cuantas ciudades, algunos países y las ganas de querer seguir viajando o un modelo de vida al que llamo “Veni, vidi, vici”: Llegué, vi y vencí. Porque el éxito en la vida es hacer lo que realmente te hace feliz y, si lo aplico a la posibilidad de viajar, el hecho de llegar a un sitio, verlo y conocerlo por uno mismo y aprender de las personas, de las nuevas culturas o de una historia diferente es todo una victoria.

Deja un comentario

Último de Reflexiones

No comas más

Llevaba un tiempo queriendo escribir un poco sobre el hecho de ser
Go to Top
A %d blogueros les gusta esto: