Viviendo y aprendiendo a vivir

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Deja que te cuente que si no he escuchado 1 millón de veces la frase “a base de golpes se aprende” no la he escuchado nunca.

Parece que estamos en la obligación de tener que sufrir para aprender.

¿Si te dijera que viviendo y disfrutando también se puede aprender?

¿Y si aprendiéramos a no sufrir tanto y más cuando se hace por cosas ínfimas?

Que no te vendan la moto con eso de que si se muere uno de tus seres queridos o si te rompen el corazón en mil pedazos es la mejor manera de aprender. El miedo y el dolor forman parte de la vida y, como ya he dicho en otras ocasiones, están tan instaurados en tus cromosomas que no se puede vivir libre de ellos.

Es la forma natural en la que nos desarrollamos a modo de precaución y defensa ante las adversidades.

Por eso es más fácil que recuerdes todas las cosas negativas antes que las positivas. Para evitar que te sucedan nuevamente o estar preparado para cuando ocurran se memorizan de manera natural en tu interior. Aissss la naturaleza…

Pero lo bueno de vivir es, precisamente eso, vivir. Cada día puedes hacer un montón de cosas que te pueden hacer feliz, que te pueden sacar de la rutina. O, como aprendí de un buen amigo: si cada día le dedicas una hora a un tema en particular es muy posible que con el tiempo te vuelvas un experto en ese tema.

Aprender a vivir requiere tiempo. Y tiempo es precisamente el recurso que nunca vuelve y que más deberíamos valorar. Tiempo que no deberíamos desaprovechar y mucho menos gastarlo lamentándonos y llorando.

Es una putada que tengamos que pasar por experiencias traumáticas pero vivir con ellas perpetuamente tal cual nos obliga nuestro ADN no tiene ningún sentido.

Aplauso sonoro y enorme para esas personas que se han caído al suelo por culpa del dolor y que se han levantado una y otra vez con una sonrisa cada vez más grande. Ese es el verdadero éxito en la vida porque han entendido que siempre hay momentos de felicidad incluso cuando todo indica lo contrario.

Si tú eres una de esas personas entonces has aprendido a vivir la vida. La tristeza y la felicidad son conceptos relativos porque cada uno los vive y los siente como puede o quiere.

Puestos a elegir, elijamos ser felices. Como decía antes, si cada día dedicáramos una hora a algo en concreto al final seríamos expertos de eso. ¿Por qué no dedicar una hora cada día a ser felices?

La felicidad es algo que se puede entrenar. Del mismo modo que hay gente que va al gimnasio para fortalecer sus músculos o hay personas que parece que sigan un entrenamiento especial para ser imbéciles, tú también puedes progresar y entrenar tu felicidad.

¡Entrena tu felicidad!

Recuerda, una hora al día haciendo “ejercicios” para ser feliz.

Sólo haz una lista de esas 5, 10, 15 ó 20 cosas que te hagan feliz y llévalas a la práctica.

¿Por qué no las hacemos?

¿Es que no queremos ser felices?

¿Estamos tan ocupados que no tenemos tiempo para nosotros?

Y, recuerda que tu felicidad va a ser la felicidad de los demás porque transmitimos lo que somos y sentimos.

No sé si habéis dado con personas que transmiten y rebosan felicidad. Han aprendido a vivir minimizando sus problemas. Porque menos es más y aunque cargan a cuestas con la mochila de la tristeza que todos llevamos encima han conseguido que ésta sea lo más ligera posible.

Si tu mochila está llena de piedras pesadas intenta aprender a liberarte de ellas. Así, cuando alguien te diga que a base de golpes se aprende le podrás decir que para ser más feliz y aprender en la vida no hace falta sufrir y cargar con las penas.

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